miércoles, febrero 22, 2006

Insomnio de una noche de verano.



Hace poco más de un año, en la navidad del dos mil cuatro, encontré una gata. Nunca fui amante de estos animales pero, en este caso tenía alrededor de un mes y medio de vida, estaba sola bajo la lluvia pidiendo ayuda, atrapada arriba de un árbol del que no podía bajar y además, era navidad. Nunca había tenido un gato y era sumamente probable que jamás volviera a tener otro, por lo que éste pasó a representar a todos los gatos y qué mejor forma para denominarla que con el genérico. Gata… se va a llamar Gata.
Hay que admitir que se trataba de un animal sumamente cariñoso y como era muy pequeño aún, cumplía con todos los requisitos para ser querido. El único problema al que se enfrentaba era que en la casa donde vino a caer vivían dos personas. Es decir que un cincuenta por ciento de los habitantes del hogar podría llegar a quererla y el otro cincuenta por ciento, definitivamente no la querría nunca.
Con el pasar de los meses la gata creció, pero no demasiado. Seguía manteniendo esa forma y ese rostro de cachorra. En el mes de octubre del dos mil cinco tuvo su primera cría. Una camada de cuatro cachorros que cuidaba como una verdadera madre. Ellos tardaron aproximadamente un mes antes de salir de su encierro detrás de una tabla en el garaje de la casa, en donde la madre se había encargado de armar una precaria cuna con tierra y trapos. Un buen día los cachorros estaban afuera del garaje. Empezaron a recorrer y explorar el jardín de la casa en donde encontraban fácilmente con qué jugar y donde esconderse cuando alguien se acercaba. Gata siempre los cuidaba. Les procuraba comida, los acicalaba y jugaba con ellos. Durante el día, cuando yo no estaba, salía a recorrer el barrio en busca de comida y les traía a sus hijos el aporte de algunos vecinos que a esta altura, ya le compraban alimento especialmente para ella.
Gata y sus hijos vivían contentos pero con la amenaza constante de que se los llevaran en cualquier momento. Los chicos corrían poco peligro, puesto que se acercaban solamente a mi. Con el resto mantenían una distancia prudente. No así Gata, que ya estaba perfectamente acostumbrada a la gente de la casa y caminaba por entre las piernas de todos. Justamente ese exceso de confianza fue lo que determinó que un buen día, la promesa de alejarla se cumpliera. Un viernes de enero llegué a casa y sólo los chicos vinieron a recibirme con sus maullidos. Faltaba Gata, pero era de suponer que estuviera en algún otro lado procurando alimento. Cada vez que les iba a dar de comer, tanto ella como los cachorros, aparecían como por arte de magia desde la copa de algún árbol o algún rincón, pero esa noche no fue así. Al viernes le siguió el sábado y luego el domingo y Gata seguía sin aparecer. Nadie quiso dar explicaciones de la misteriosa desaparición y ya comenzaba a pensar lo peor. Recién el siguiente martes me enteré de lo ocurrido. Se la habían llevado lejos, tan lejos que jamás podría volver. Los cachorros se habían salvado, curiosamente por no confiar en la gente. En realidad no se si se salvaron; no se si no estarían mejor con su madre; no se como piensa un gato; lo único que puedo decir que durante las siguientes semanas los cachorros pasaban el día maullando, erráticos por el jardín, como si tuvieran la esperaza de que su madre apareciera en cualquier momento atravesando las rejas del portón y corriendo a su encuentro. No se por qué pienso en eso. Son las tres y meda de la mañana, estoy acostado a oscuras mirando una macha de humedad en el techo y pienso en un gato. Quizá sea porque pienso en él como una pérdida. Nunca sufrí una pérdida demasiado significativa en mi vida, salvo por un abuelo con el que jamás tuve una relación demasiado estrecha, o la perdida de algún amor. Quizá el aferrarse a este tipo de cosas tenga que ver con alguna carencia. Seguro que con algo que pasó en la niñez. Todo tiene que ver con algo que pasó en la niñez. O al menos eso dicen. Ese sentimiento de pronto me trasladó un poco más atrás en el tiempo, a otra pérdida. En este caso se trata de Bianca.
Bianca era un conejo, o mejor dicho una coneja y ésta sí tenía nombre propio porque hubo otros antes que ella y existe la posibilidad de que haya otros después. Bianca llegó cuando yo tenía unos doce años y se quedó conmigo hasta los dieciocho más o menos. Cuando llegó no era más grande que un cobayo, siempre inquieta, siempre queriéndose escurrir de mis manos. Blanca con manchas negras, las orejas siempre paradas hasta el día en que mi madre la agarro de ellas. Después de eso una de ellas permaneció un poco caída por el resto de su vida. Ahí tirado recordé cómo al principio huía de todos , o cómo venía corriendo cuando escuchaba el sonido que hacía su ración contra el cristal de un viejo frasco de Bracafé, cómo le gustaba el melón, cómo lo comía de mi mano y luego lamía mis dedos con su lengua espera, curiosamente similar a la de los gatos. Pensé en el día que la encontré en el piso, casi inmóvil. En cómo dejó de comer y se movía cada tanto como en una especie de convulsión. Pensé en cómo me miraba cuando le daba de comer con una jeringa en la boca porque no tenía fuerzas ni para tragar. Pensé en la veterinaria cuando la revisó y me pregunto su edad. Siete años respondí, a lo que ella replicó: generalmente no viven tanto. Me dí cuenta de que esa era su forma de decirme que no iba a sobrevivir.
Murió una noche, sobre un paño, dentro de una caja al lado de la estufa. Llegue y la encontré dura, fría. Mi viejo sentado junto a ella en una de sus últimas noches en casa, no atinó a decir otra cosa que “se murió”. Y ahí volví a pensar que hay pocas personas en mi vida a las que quiero tanto o más de lo que la quise a ella. Tal vez sea porque fue mi única compañía durante mucho tiempo, la única que me escuchaba, aunque no entendiera y aunque no respondiera. Era muchas más de lo que podía esperar del resto de mi familia a pesar de ser tan numerosa.
Se acabó el recuerdo, me dije a mi mismo. Es hora de descansar. Mañana hay que trabajar. Enjugué la humedad en mis ojos, me acomodé de costado e intenté dormir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

nene todo muy lindo los cuentos, las reflexiones, los pensamientoslas anedotas,.... pero las gallegas
pra cuando
la gente espera eso, pero viste como es la gente se abuurre y en seguida sale otro fenomeno al cual hacerle la gamba

beososos qeu pases bien

frank

Anónimo dijo...

nene todo muy lindo los cuentos, las reflexiones, los pensamientoslas anedotas,.... pero las gallegas
pra cuando
la gente espera eso, pero viste como es la gente se abuurre y en seguida sale otro fenomeno al cual hacerle la gamba

beososos qeu pases bien

frank