En el año 2008 una epidemia de Dengue atacó Uruguay.
En este caso, la enfermedad tenía una particularidad. No era el Dengue que todos conocían. Se trataba de una variante para la que nadie estaba preparado. Ni para diagnosticarla, ni para curarla ni para prevenirla. El problema fundamental radicó en que durante los primeros meses de la epidemia, nadie supo de qué enfermedad se trataba ni como se contagiaba, puesto que los sintomas eran totalmente desconocidos. Luego de meses de investigación y después que más de la mitad de la población del país sufriera las consecuencias, los científicos dieron con la clave. Pero no los científicos extrangeros enviados especialmente a estudiar el caso desde los más insólitos rincones del planeta, sino uno uruguayo, nacido en el Cerrito de la Victoria. En realidad tampoco se trataba de un científico sino del conserje del instituto Clemente Estable que, después de ver como la recepcionista del instituto era picada por un mosquito y caía enferma al instante, les transmitió su inquietud a los verdaderos científicos. Al principio se mostraron todos un poco excépticos. No porque no existiera la posibilidad de que el conserje tuviera razón, sino porque quedarían muy mal parados si un tipo sin ningún tipo de estudio resolviera el enigma que a ellos los tenía ocupados desde hacía meses. Las pruebas terminaron por darle la razón al iletrado. El culpable era sin duda el temido Aedes Aegipti, aunque no se tratabada de una variedad normal de este mosquito. Era una especie de mutación que no sólo provocaba sintomas totalmente diferentes sino que también era casi imposible de exterminar. Los más suspicaces coqueteaban ya con la posibilidad de que este mosquito fuera una mutación genética del Aedes original, creada mediante manipulacion genética en los laboratorios de un fabricante de insecticidas inescrupuloso. El problema era que este mosquito mutante produjo una mutación genética en el virus del Dengue que a su vez provocaba otra mutación genética en las personas que eran picadas por el transmisor. Evidentemente son demasiadas mutaciones genéticas para un solo relato, sobretodo teniendo en cuenta que a la naturaleza le lleva millones de años lograr que los seres humanos muten hasta que desaparezca por completo cosas tan inútiles como el pelo en los hombros.
Lo cierto es que mucha gente y también algunos lideres de opinión, defendián la teoría de la conspiración por varias razones. Primero por lo rara y complicada que era (estas teorías son las que más adeptos consiguen, a diferencia de las más simples y racionales) y segundo porque todos los mosquitos transmisores que pudieron capturarse obstentaban un sospechoso código de barras en el ala derecha. Sin duda esto era algo a tener en cuenta. Las investigaciones siguientes revelaron que Uruguay estaba siendo utilizado como campo de pruebas de nuevos productos por parte de una industria farmacéutica. En realidad no se estaba probando la enfermedad, que ya se sabía que era sumamente efectiva, sino que la idea era probar la cura, con la que la empresa proyectaba ganancias de miles de millones de Rupias luego de esparcir el letal virus por todo el globo.
Pero hubieron dos problemas. El primero y más evidente, que el experimento se les fue de las manos y el segundo, que el virus creado por esta empresa farmcéutica volvió a mutar (sí, otra mutación más) dentro de su portador, creando una variante de la enfermedad para la que no era efectiva la cura que se planeaba testear. Por supuesto que en este punto las empresas sospechosas se desentendieron del tema con un simple y eficaz “yo no fui”, quedando así toda la población uruguaya librada a la buena de Tor o el dios de turno. Lo extraño de la enfermedad eran los síntomas que presentaba. Se trataba de un virus que convertía a los afectados en superheroes. Sí, como lo leyeron. Los convertía en Superheroes. Al menos a la mitad de ellos. La otra mitad caía muerta al instante. Pero lo extraño de estos superheroes virósicos era que se trataba de personas que nunca en su vida se habían arriesgado en lo más mínimo. Personas sumisas, sedentariás, nerds practicamente sin vida social. Justamente lo opuesto a los que morían, que eran ese tipo de personas de las que uno podría decir “qué pinta de superheroe que tiene”.
Los nuevos superheroes eran personas que nunca habían creido en la existencia de heroes, que nunca habían leido un comic ni visto una película basada en la vida de uno, y de la noche a la mañana contaban con todo un arsenal de superpoderes desde volar y prender velitas de cumpleaños con los ojos, hasta poder ver a las chicas desnudas através de sus ropas o hervir el agua para el mate con un soplido. Esto es lo que podríamos llamar una paradoja. Pero no como la paradoja temporal que huebiera provocado Mcfly si se hubiera encontrado consigo mismo pero más viejo en el futuro y con la que casi destruye el universo entero, sino una como la que se produce cuando un antiheroe se convierte en un heroe. Pensandolo bien quizá se trate de una ironía en vez de una paradoja. No se… Nunca tuve muy claros los conceptos de paradoja e ironía. ¿Verdad que se parecen?
Que ocurrió luego: Las nuevos superheroes empezaron a convertirse en supervillanos. Al parecer es lo que pasa cuando uno consigue ser, lo que nunca quiso ser. De esta forma comenzaron a planear la conquista del mundo y la destrucción de quienes los convirtieron en lo que tanto odiaban. Luego, quién sabe lo que pasó. Yo no podría saberlo, puesto que fui uno de los que murió luego de la picadura de un mosquito. Por si ya no se dieron cuenta, lo admito: Una vez leí un comic, auqnue no me gustó mucho y además vi todas las pelis de Batman y como recuerdo mio para la posteridad quisiera que conste que nunca hubo ni habrá un Batman como Michael Keaton. Bueno, quizá el muchacho de la última, aunque no puedo borrar de mi cabeza esa imagen de psicópata que me dejó de otro papel.
lunes, abril 23, 2007
lunes, abril 16, 2007
Cuestion de edad.
Con el pasar de los años la gente se va diferenciando. Van pasando cada vez más de lo general a lo particular. Si lo pensamos bien es una custión bastante lógica. Se trata de nuestra naturaleza. Cuando se es niño o preadolescente, somos todos iguales, o al menos muy parecidos. No tenemos una personalidad muy desarrollada y a todos nos atraen en mayor o menos medida las mismas cosas. Los niños ven girar sus días en torno a las charlas intracendentes, a una pelota y algunos otros juegos, y las niñas la ven girar en torno a… bueno en torno a las cosas que hacen las niñas a esa edad. Al menos así era durante mi infancia; comprendo que hoy las nuevas tecnologías tienden a maximizar el indivudualismo y el aislamiento, incluso en los niños, reduciendo en muchos casos el campo de acción que antes era la cuadra o el barrio, al living del hogar y a la compañía del televisor, computadora o videojuego dependiendo del caso.
Volviendo al tema de los intereses comunes durante la infancia, la realidad es que con el pasar del tiempo, las mismas personas a las que en una época eramos muy apegados y con las que teníamos muchas cosas en común, un buen día pasan a ser casi extraños y en algunos casos llegan a aburrirnos. No es que unos estén en lo correcto y otros no, simplemente se trata de que desarrolamos gustos e intereses diferentes. Llegado ese momento nos encontramos, aunque sea de a ratos, rodeados de personas por las que sentimos un afecto enorme, porque siempre fue así y porque las conocemos desde que tenemos memoria, pero con las que tenemos poco o nada en común.
En todos esos tipos de relaciones existe lo que podríamos llamar un punto de inflexión. Se trata de ese momento en el que uno se da cuenta que los grupos se mantienen unidos básicamente a fuerza de recuerdos de los momentos en los que tenían cosas en común. De alguna forma estos recuerdos son lo único que (salvo alguna actividad presente en común como unas vacaciones colectivas o alguna salida de esas para el anecdotario) mantienen al grupo unido. Cuando todas las charlas empiezan, transcurren o se disparan gracias a un “te acordás de cuando” o un “fue el último año que fuimos todos” o un “los mejores dibujitos sin duda eran los gobots”, eso es síntoma de que ya no se generan nuevas experiencias colectivas y se trata de mantener la interacción a fuerza de experiencias que en su momento quizá no fueron tan trascendentes, pero que hoy en día, con una buena distancia temporal de por medio, tienen la fuerza necesaria para mantener una cierta continuidad en el calendario de reuniones grupales. Por supuesto que esto no es una regla que se cumpla en el cien por ciento de los casos, porque nada que tenga que ver con la forma en como nos relacionamos lo es y porque uno puede encontrar dentro de ese grupo algún otro miembro que se haya diferenciado tomando un camino similar al nuestro, y con quien poder intercambiar opiniones hacerca del trabajo, de tal película o libro o de lo que sea que tengan en común. Pero estas por lo general son excepciones, porque la relación con estos amigos de la infancia está dada desde el principio por cuestiones totalmente asarosas. Dependen del lugar donde vivíamos, la escuela a la que fuimos o los lugares que frecuentábamos (o que nuestros padres nos hacían frecuentar). Es por eso que uno tiende a buscar nuevas relaciones, más compatibles y que en muchos casos entran en conflicto con el viejo grupo, provocando un alejamiento del mismo, muchas veces por una simple cuestión de tiempo. Si esto es bueno o malo, lo dirá alguien que entienda del tema. De todas formas no todo en la vida se divide en bueno a malo. Pero sin duda algo positivo es el hecho de que uno constantemente vaya cambiando de gustos, de intereses, descubriendo cosas nuevas que nos llamen la atención, gente y ambitos nuevos de los que queramos saber un poco más, sea o no que encajen en nuestro perfil. En definitiva, se trata de aprender cosas nuevas todo el tiempo. Al menos por ahora, que aun no llegué a la parte descendente de lo que llaman la curva de la vida. Mi padre siempre dijo algo como que “el pan dulce empieza a gustarte cuando te estás haciendo viejo” no se que condición es consecuencia de cual, si la vejez de que te guste el pan dulce o viceversa, y sin duda es una frase que cobra mucho más sentido si se es panadero, pero creo que ejemplifica bastante bien y de forma bastante simple la idea de que podemos cambiar nuestros intereses y descubrir temas que nos apasiones a cualquier edad.
Volviendo al tema de los intereses comunes durante la infancia, la realidad es que con el pasar del tiempo, las mismas personas a las que en una época eramos muy apegados y con las que teníamos muchas cosas en común, un buen día pasan a ser casi extraños y en algunos casos llegan a aburrirnos. No es que unos estén en lo correcto y otros no, simplemente se trata de que desarrolamos gustos e intereses diferentes. Llegado ese momento nos encontramos, aunque sea de a ratos, rodeados de personas por las que sentimos un afecto enorme, porque siempre fue así y porque las conocemos desde que tenemos memoria, pero con las que tenemos poco o nada en común.
En todos esos tipos de relaciones existe lo que podríamos llamar un punto de inflexión. Se trata de ese momento en el que uno se da cuenta que los grupos se mantienen unidos básicamente a fuerza de recuerdos de los momentos en los que tenían cosas en común. De alguna forma estos recuerdos son lo único que (salvo alguna actividad presente en común como unas vacaciones colectivas o alguna salida de esas para el anecdotario) mantienen al grupo unido. Cuando todas las charlas empiezan, transcurren o se disparan gracias a un “te acordás de cuando” o un “fue el último año que fuimos todos” o un “los mejores dibujitos sin duda eran los gobots”, eso es síntoma de que ya no se generan nuevas experiencias colectivas y se trata de mantener la interacción a fuerza de experiencias que en su momento quizá no fueron tan trascendentes, pero que hoy en día, con una buena distancia temporal de por medio, tienen la fuerza necesaria para mantener una cierta continuidad en el calendario de reuniones grupales. Por supuesto que esto no es una regla que se cumpla en el cien por ciento de los casos, porque nada que tenga que ver con la forma en como nos relacionamos lo es y porque uno puede encontrar dentro de ese grupo algún otro miembro que se haya diferenciado tomando un camino similar al nuestro, y con quien poder intercambiar opiniones hacerca del trabajo, de tal película o libro o de lo que sea que tengan en común. Pero estas por lo general son excepciones, porque la relación con estos amigos de la infancia está dada desde el principio por cuestiones totalmente asarosas. Dependen del lugar donde vivíamos, la escuela a la que fuimos o los lugares que frecuentábamos (o que nuestros padres nos hacían frecuentar). Es por eso que uno tiende a buscar nuevas relaciones, más compatibles y que en muchos casos entran en conflicto con el viejo grupo, provocando un alejamiento del mismo, muchas veces por una simple cuestión de tiempo. Si esto es bueno o malo, lo dirá alguien que entienda del tema. De todas formas no todo en la vida se divide en bueno a malo. Pero sin duda algo positivo es el hecho de que uno constantemente vaya cambiando de gustos, de intereses, descubriendo cosas nuevas que nos llamen la atención, gente y ambitos nuevos de los que queramos saber un poco más, sea o no que encajen en nuestro perfil. En definitiva, se trata de aprender cosas nuevas todo el tiempo. Al menos por ahora, que aun no llegué a la parte descendente de lo que llaman la curva de la vida. Mi padre siempre dijo algo como que “el pan dulce empieza a gustarte cuando te estás haciendo viejo” no se que condición es consecuencia de cual, si la vejez de que te guste el pan dulce o viceversa, y sin duda es una frase que cobra mucho más sentido si se es panadero, pero creo que ejemplifica bastante bien y de forma bastante simple la idea de que podemos cambiar nuestros intereses y descubrir temas que nos apasiones a cualquier edad.
martes, abril 03, 2007
Usted ¿no desconfiaria?
Hablemos de la gente que usa sombrero. Por lo general tiendo a desconfiar de quien usa sombrero. Cualquier tipo de sombrero, es decir gorra, boina, capelina, etc, etc. Porque una cosa es usar sombrero para protegerse de algo, ya sea el frio o el sol, pero otra cosa es usar gorro en ambitos en donde no tiene ninguna utilidad. Los que usan gorra durante la noche, o los que usan ciertos tipos de sombreros en cierto tipo de reuniones o fiestas. Ya cuando el sombrero no cumple ninguna función, hay que desconfiar de quien lo usa, porque evidentemente esa es una persona que oculta algo. Más alla de esconder una pelada o de evitar la fuga de pensamientos obscenos, el sombrero oculta una espantosa realidad, un secreto, algo que no puede ser revelado al resto de los mortales porque evidentemente no sabrían como manejarlo. Me dirán que el sombrero en efecto no oculta demasiado, y es verdad. No oculta demasiado para quien lo ve puesto, pero si otorga una protección invalorable para quien lo lleva. Imaginense que se trata de una persona con el espíritu hundido en el peor de los sufrimientos, una persona que oculta un secreto tan grande que cualquier cosa, incluso un sombrero, le otorga un mínimo de seguridad ante los otros. Historicamente podríamos decir que el sombrero fue siempre utilizado no sólo para protgerse de factores climáticos sino también para indicar diferencias sociales, así como también con motivos rituales o religiosos. Ahí está la raiz de la intriga. ¿Qué secreto más grande que el que se oculta detrás de los mecanismos que promueven una creencia religiosa? O ¿qué secreto más grande que el dedicado a perpetuar el abismo entre diferentes círculos sociales donde en realidad no existe tal abismo y se trata simplemente de poseer algunos bienes materiales más o menos? Sí…bueno… en realidad esto último quedó un poco complicado y no estoy seguro de entender lo que quise decir, pero en todo caso intentaba demostrar que el gorro oculta algo.
Por lo general no uso sombrero ni gorro, no porque no me guste ni porque no tenga pensamientos obsenos que ocultar, sino porque dicen que no es bueno si se quiere evitar la caida del cabello. De hecho el cabello sigue callendose a pesar de que no uso gorros; creo que me cagaron… de todas formas reservo su uso para el momento en el que tenga una calva que ocultar. Porque si lo usara ahora, no sólo aceleraría la caida de mi pelo según dicen algunos, sino que además, el resto de la gente pensaría que tengo algo que ocultar, y aunque sí lo tenga, eso que ocultar no es una calva… al menos no aun. Pero no crean lo que les digo. Hagan la prueba de ponerse cualquier tipo de gorro y mirarse detenidamente a un espejo. Sin duda van a ver reflejada la imagen de uan persona que oculta algo, una imagen que genera rechazo y sobretodo desconfianza. Especialmente si el sombrero es por demás ridículo, o si en el caso de los hombres hacen la prueba con un sombrero de mujer y en el caso de las mujeres con un sombrero de hombre. También existe la posibilidad de que a algunos les resulte sexy como les queda o incluso que otros sientan una especie de revelación al usar un sombrero hecho para ser usado por el sexo opuesto. En el caso de esas personas, les pido que eviten realizar la prueba… sonaría muy extraño que luego, vayan diciendo por ahí que se dieron cuenta de “algunas cosas” gracias a mi. Por otra parte yo pasaría a ser una suerte de guru al que todos los que tengan alguna duda de ese tipo acudirían para evacuarla.
Pero volvamos al tema, que si bien parece intrascendente, no lo es en obsoluto. Pensemos en una persona que es miembro de un selecto grupo que ha venido guardando durante miles de años un secreto aterrador acerca de nuestra existencia. Imginense a esa persona. ¿Se lo imaginan? Seguro está usando sombrero. ¿Vieron? eso lo prueba todo. Pero no me hagan caso a mi… compruébenlo por ustedes mismos… cuando vean a una persona usando cualquier tipo de sombrero párense delante de él, mirenlo fijamente a los ojos y preguntenle ¿qué ocultás debajo de ese sombrero? Pero tengan cuidado. Se trata de gente muy inteligente que haría cualquier cosa por mantener oculto su secreto… ahora tengo que irme… me están tocando timbre… un desconocido con sombrero…
Por lo general no uso sombrero ni gorro, no porque no me guste ni porque no tenga pensamientos obsenos que ocultar, sino porque dicen que no es bueno si se quiere evitar la caida del cabello. De hecho el cabello sigue callendose a pesar de que no uso gorros; creo que me cagaron… de todas formas reservo su uso para el momento en el que tenga una calva que ocultar. Porque si lo usara ahora, no sólo aceleraría la caida de mi pelo según dicen algunos, sino que además, el resto de la gente pensaría que tengo algo que ocultar, y aunque sí lo tenga, eso que ocultar no es una calva… al menos no aun. Pero no crean lo que les digo. Hagan la prueba de ponerse cualquier tipo de gorro y mirarse detenidamente a un espejo. Sin duda van a ver reflejada la imagen de uan persona que oculta algo, una imagen que genera rechazo y sobretodo desconfianza. Especialmente si el sombrero es por demás ridículo, o si en el caso de los hombres hacen la prueba con un sombrero de mujer y en el caso de las mujeres con un sombrero de hombre. También existe la posibilidad de que a algunos les resulte sexy como les queda o incluso que otros sientan una especie de revelación al usar un sombrero hecho para ser usado por el sexo opuesto. En el caso de esas personas, les pido que eviten realizar la prueba… sonaría muy extraño que luego, vayan diciendo por ahí que se dieron cuenta de “algunas cosas” gracias a mi. Por otra parte yo pasaría a ser una suerte de guru al que todos los que tengan alguna duda de ese tipo acudirían para evacuarla.
Pero volvamos al tema, que si bien parece intrascendente, no lo es en obsoluto. Pensemos en una persona que es miembro de un selecto grupo que ha venido guardando durante miles de años un secreto aterrador acerca de nuestra existencia. Imginense a esa persona. ¿Se lo imaginan? Seguro está usando sombrero. ¿Vieron? eso lo prueba todo. Pero no me hagan caso a mi… compruébenlo por ustedes mismos… cuando vean a una persona usando cualquier tipo de sombrero párense delante de él, mirenlo fijamente a los ojos y preguntenle ¿qué ocultás debajo de ese sombrero? Pero tengan cuidado. Se trata de gente muy inteligente que haría cualquier cosa por mantener oculto su secreto… ahora tengo que irme… me están tocando timbre… un desconocido con sombrero…
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