El astío, el aburrimiento, la monotonía. Despertarse a la mañana y darse cuenta que hace años estás haciendo lo mismo. Peor sería no darse cuenta pero eso no cambia nada y la gente y las cosas siguen pasando frente a tus ojos como si no existieras. Unos días ya serían demasiado y la realidad indica que va a pasar mucho tiempo más. Al final del tunel una muerte segura, tal vez la única cosa segura y como debe ser, también una única forma de burlarlo, una hoja de afeitar y una tina de agua caliente que permita decirle a la existencia “te cagué”. Pero hay que ser muy valiente, tanto o más que para seguir el curso de las cosas y llegar al final. La curiosidad mató al gato y al hombre que quiso saber que había después de la vida. También es una buena razón para decir basta. No soy de esos. No se si es bueno o malo, pero soy de los que permanece, sentado frente a la vida, volcando a la sangre contínuas dosis de adrenalina, aprontandome para la huída inminente que nunca llega, pero al final de cuentas simplemente de los que permanece, quieto, dormido. Alguna infusión estimulante a la mañana basta para despertar del sueño de la noche anterior, pero no es suficiente para arrancarme del otro sueño. Para despertar de ese otro no basta con cerrar los ojos apretando con fuerza los parpados diciendo en voz baja “quiero despertar, quiero despertar”, o sí. En realidad nunca quise intentarlo por miedo a que funcione. Le temo al cambio, le temo a lo nuevo y sobretodo le temo a mi mismo. Siempre es más facil quejarse desde la comodidad de una vida segura, aunque esté convencido que no existe tal cosa. Así es cmo funciona, al menos mientras quiera que siga funcionado así. Por ahora, unas lineas de catarsis escritas a las apuradas bastan, pero tarde o temprano no van a ser suficientes habrá que ir por más, abrá que despertar.
viernes, marzo 31, 2006
miércoles, marzo 29, 2006
Sin Título - 2
(Viene de la entrada anterior. Leer antes "Sin Título - 1")
Otra vez la agonía de la página en blanco. En realidad era algo que a Antonio nunca le había molestado demasiado y cada vez que esto ocurría se levantaba de su silla argumentando que no se puede forzar a la inspiración aunque el fondo sabía que no existía tal cosa como la inspiración, y que esta era únicamente un sinónimo de talento y trabajo duro. El talento era algo que obviamente le faltaba y el trabajo duro era algo a lo que nunca había tenido necesidad de enfrentarse. Pero esta vez y por primera vez en su vida le costaba levantarse de la silla. La página seguía en blanco metida en su vieja máquina de escribir y ya habían pasado varias horas. Pero esta vez, Antonio no se resignaba a dejarla así, y menos aun luego del excelente comienzo que a su criterio había tenido el día anterior con el conflicto existencial de Jorge. Tomó las páginas escritas el día anterior y las releyó. En realidad no era tan bueno. Estaba bien, pero no era tan bueno como para comenzar una novela. Además, sentía que se había metido en un callejón sin salida al plantear un problema de ese tipo. Se enfrentaba ante la posibilidad de que el público se sintiera decepcionado al no encontrar respuestas en el libro y que al terminarlo, fuera a parar debajo de la pata más corta de algún sillón, o se usaran sus páginas para tapizar el piso de la jaula de algún canario. Cualquiera que fuera su fin, seguramente no sería nada digno. Ya no tenía dudas. Había que rescribirlo, o mejor aun, pensar en algo totalmente diferente, algo que atrape al público, algo con intriga, con drama. Pero la página seguía en blanco y él sentado en frente. Sin duda cualquiera que lo viera en ese momento pensaría que estaba desesperado. Encorvado frente a esa máquina, despeinado, la barba de una semana. La misma musculosa que había estado usando los últimos tres días, amarilla por los años, manchada de café. El apartamento era un desorden. Los platos y tazas sucias formaban columnas en la mesa de la cocina. Un montón de recuerdos de su juventud, portarretratos y muñequitos de porcelana, juntaban polvo en lo estantes del aparador. Los muebles eran muy antiguos y estaban ahí el día que se mudaron, pero en los dos últimos años se habían deteriorado mucho más que en todos los anteriores. Sin duda nadie había limpiado mucho desde que Laura lo había dejado. Laura era la esposa de Antonio. Fueron marido y mujer durante treinta años y a pesar de algunos problemas típicos de las parejas, se quisieron locamente desde que se vieron por primera vez, hasta el día de su muerte. Había muerto casi dos años atrás luego de varios meses de agonía, provocados por una enfermedad extraña que los médicos tardaron en diagnosticar. Antonio decía que ella lo había abandonado y salvo por un par de amigos de su infancia y otro par de personas del liceo donde trabajaba que conocían algunos aspectos de su intimidad, todos estaban convencidos que había sido así. Creía que era mucho más digno decir que ella lo había abandonado a decir que Laura había muerto porque su sueldo de profesor no era suficiente para costear el tratamiento médico que les hubiera permitido seguir compartiendo sus vidas. Antonio ya no pensaba en eso, A decir verdad, últimamente no pensaba en casi nada, pero ahora si tenía algo en que pensar. Iba a escribir su novela, o al menos a intentarlo. Lo que le había parecido un buen comienzo ya no lo era tanto, pero una vez que había empezado, no iba a abandonarlo tan fácil. La hoja continuaba vacía. Las líneas luminosas que dibujaba el sol entrando por las rendijas de una persiana semiabierta, se reflejaban en el blanco del papel y obligaban a Antonio a cerrar de vez en cuando los ojos para descansar su vista cansada tras años de correcciones de pruebas y exámenes de sus jóvenes alumnos, juventud que consideraba irremediablemente perdida. En uno de los tantos descansos quedó dormido; sentado frente a la máquina de escribir, en calzoncillos, con su musculosa manchada, una perfecta postal de la decadencia. La suave brisa que entraba por la ventana sacudía el papel y sus cabellos. Los rayos de luz que entraban por las rendijas de la persiana recortaban una tenue sombra suya contra la pared y salvo por estos, la habitación estaba ya en penumbras. Los colores se habían apagado y todo se veía en diferentes tonos de gris. Así permaneció todo durante un par de horas. Antonio dormido con esa expresión dura, seria que siempre había tenido mientras dormida pero que últimamente se veía aun más preocupada por los surcos en su rostro. ¿Cuánto pasaba dentro de él? ¿Cuánto pasaba por su cabeza y sin embargo no podía plasmar en papel dos frases seguidas que lo complacieran? Justo antes de despertar, su rostro se veía más complacido. De repente despertó. Había soñado con una idea. Se acomodó en la silla, puso sus manos en la máquina y comenzó a escribir sobre un hombre que despertaba de pronto. La hoja ya no estaba en blanco y aunque eso no garantizaba nada, en cierta forma lo tranquilizaba.
Jorge… No. Jorge, no. Ahora es Alberto. Alberto despertó de repente. Como asustado. Como si algo lo hubiera sacudido en la cama con una fuerza que jamás había sentido. Primero fue la claridad a través de sus parpados aún cerrados. Ese instante, ese segundo en el que alguien se despierta y pasa de la oscuridad total, a la luz, antes de abrir los ojos y encontrarse nuevamente con el mundo.
Otra vez la agonía de la página en blanco. En realidad era algo que a Antonio nunca le había molestado demasiado y cada vez que esto ocurría se levantaba de su silla argumentando que no se puede forzar a la inspiración aunque el fondo sabía que no existía tal cosa como la inspiración, y que esta era únicamente un sinónimo de talento y trabajo duro. El talento era algo que obviamente le faltaba y el trabajo duro era algo a lo que nunca había tenido necesidad de enfrentarse. Pero esta vez y por primera vez en su vida le costaba levantarse de la silla. La página seguía en blanco metida en su vieja máquina de escribir y ya habían pasado varias horas. Pero esta vez, Antonio no se resignaba a dejarla así, y menos aun luego del excelente comienzo que a su criterio había tenido el día anterior con el conflicto existencial de Jorge. Tomó las páginas escritas el día anterior y las releyó. En realidad no era tan bueno. Estaba bien, pero no era tan bueno como para comenzar una novela. Además, sentía que se había metido en un callejón sin salida al plantear un problema de ese tipo. Se enfrentaba ante la posibilidad de que el público se sintiera decepcionado al no encontrar respuestas en el libro y que al terminarlo, fuera a parar debajo de la pata más corta de algún sillón, o se usaran sus páginas para tapizar el piso de la jaula de algún canario. Cualquiera que fuera su fin, seguramente no sería nada digno. Ya no tenía dudas. Había que rescribirlo, o mejor aun, pensar en algo totalmente diferente, algo que atrape al público, algo con intriga, con drama. Pero la página seguía en blanco y él sentado en frente. Sin duda cualquiera que lo viera en ese momento pensaría que estaba desesperado. Encorvado frente a esa máquina, despeinado, la barba de una semana. La misma musculosa que había estado usando los últimos tres días, amarilla por los años, manchada de café. El apartamento era un desorden. Los platos y tazas sucias formaban columnas en la mesa de la cocina. Un montón de recuerdos de su juventud, portarretratos y muñequitos de porcelana, juntaban polvo en lo estantes del aparador. Los muebles eran muy antiguos y estaban ahí el día que se mudaron, pero en los dos últimos años se habían deteriorado mucho más que en todos los anteriores. Sin duda nadie había limpiado mucho desde que Laura lo había dejado. Laura era la esposa de Antonio. Fueron marido y mujer durante treinta años y a pesar de algunos problemas típicos de las parejas, se quisieron locamente desde que se vieron por primera vez, hasta el día de su muerte. Había muerto casi dos años atrás luego de varios meses de agonía, provocados por una enfermedad extraña que los médicos tardaron en diagnosticar. Antonio decía que ella lo había abandonado y salvo por un par de amigos de su infancia y otro par de personas del liceo donde trabajaba que conocían algunos aspectos de su intimidad, todos estaban convencidos que había sido así. Creía que era mucho más digno decir que ella lo había abandonado a decir que Laura había muerto porque su sueldo de profesor no era suficiente para costear el tratamiento médico que les hubiera permitido seguir compartiendo sus vidas. Antonio ya no pensaba en eso, A decir verdad, últimamente no pensaba en casi nada, pero ahora si tenía algo en que pensar. Iba a escribir su novela, o al menos a intentarlo. Lo que le había parecido un buen comienzo ya no lo era tanto, pero una vez que había empezado, no iba a abandonarlo tan fácil. La hoja continuaba vacía. Las líneas luminosas que dibujaba el sol entrando por las rendijas de una persiana semiabierta, se reflejaban en el blanco del papel y obligaban a Antonio a cerrar de vez en cuando los ojos para descansar su vista cansada tras años de correcciones de pruebas y exámenes de sus jóvenes alumnos, juventud que consideraba irremediablemente perdida. En uno de los tantos descansos quedó dormido; sentado frente a la máquina de escribir, en calzoncillos, con su musculosa manchada, una perfecta postal de la decadencia. La suave brisa que entraba por la ventana sacudía el papel y sus cabellos. Los rayos de luz que entraban por las rendijas de la persiana recortaban una tenue sombra suya contra la pared y salvo por estos, la habitación estaba ya en penumbras. Los colores se habían apagado y todo se veía en diferentes tonos de gris. Así permaneció todo durante un par de horas. Antonio dormido con esa expresión dura, seria que siempre había tenido mientras dormida pero que últimamente se veía aun más preocupada por los surcos en su rostro. ¿Cuánto pasaba dentro de él? ¿Cuánto pasaba por su cabeza y sin embargo no podía plasmar en papel dos frases seguidas que lo complacieran? Justo antes de despertar, su rostro se veía más complacido. De repente despertó. Había soñado con una idea. Se acomodó en la silla, puso sus manos en la máquina y comenzó a escribir sobre un hombre que despertaba de pronto. La hoja ya no estaba en blanco y aunque eso no garantizaba nada, en cierta forma lo tranquilizaba.
Jorge… No. Jorge, no. Ahora es Alberto. Alberto despertó de repente. Como asustado. Como si algo lo hubiera sacudido en la cama con una fuerza que jamás había sentido. Primero fue la claridad a través de sus parpados aún cerrados. Ese instante, ese segundo en el que alguien se despierta y pasa de la oscuridad total, a la luz, antes de abrir los ojos y encontrarse nuevamente con el mundo.
martes, marzo 21, 2006
Sin Título - 1
Tiene que haber algo más, se decía Jorge mientras se daba cuenta que ese pensamiento lo había acompañado toda su vida. Tiene que haber algo más. Se sorprendía varias veces al día con esa idea en la cabeza, idea que era una mezcla de teoría adulta y madurada durante los años, con curiosidad de niño que abre sus regalos de navidad y revisa los papeles desgarrados asegurándose que no quede ningún obsequio sin abrir, que no hay nada más, pero siempre manteniendo la esperanza de que lo haya.
Esa mañana Jorge estaba en su trabajo, sentado frente a la computadora que lo desafiaba con una página de Word en blanco. El respaldo de la silla estaba roto, pero igual era cómoda y sobre todo divertida porque tenía rueditas. Eso le permitía impulsarse hacia atrás con los pies y alejarse velozmente de la máquina, de la monotonía, de lo que lo unía a la realidad, a la sociedad, al aparato frente al que pasaría al menos un tercio de su vida y en función del cual se lo calificaría con algún valor entre productivo e improductivo. Esta vez se impulsó hacia atrás más fuerte que de costumbre, tanto así que el respaldo roto se le incrustó en la espalda y casi cae de la silla. No importaba; valía la pena ver como se alejaba de esa vida, aunque luego de un par de giros volviera a su posición, frente a su destino, a lo que le daba de comer, a lo que realmente valía la pena, a lo que lo haría un hombre de bien o cualquier otro calificativo que podría utilizar un padre con su hijo adolescente para explicarle lo importante de ser parte de la dominación del hombre por el propio hombre.
Esa mañana el paseo en silla por la oficina tuvo otras consecuencias. Al volver a su máquina, Jorge giró la cabeza para mirar por la ventana. Era una ventana grande. En realidad era una puerta de dos hojas con una persiana y una reja que, aunque no permitía ver mucho del mundo exterior, al menos le mostraba un poco de cielo. Fue en ese momento, al ver ese triangulo celeste entre los muros linderos, que se sintió extraño. Primero aturdido, como cuando uno se despierta y se sienta en la cama pero sigue un poco dormido, luego fue como un golpe en la frente, como cuando uno se descubre a sí mismo pensando en algo durante varios minutos, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática en el rostro que provoca que todos alrededor miren raro y es ahí cuando nos damos cuenta que estábamos desconectados del mundo y queremos volver a desconectarnos pero ya es tarde, ya volvimos. En el caso de Jorge, a todo esto se le sumaba la certeza de haber estado soñando durante los últimos 29 años. Sintió que había hecho, como en todos lo sueños, un montón de cosas sin saber por qué las hacía, pero que al mismo tiempo no podía responsabilizar a nadie de haberlo obligado a hacerlas porque de hecho, era su sueño, era producto de su mente. Así se quedó, tratando de explicar esa sensación y dándole vueltas en la cabeza hasta que reaccionó para descubrir sus manos sobre el teclado escribiendo compulsivamente. Qué hago acá… qué hago acá… decía la pantalla una y otra vez, a lo largo de cinco páginas.
Sacó las manos del teclado, rápido, asustado. Miró a su alrededor, todo parecía normal, al menos si definimos normal como aquello a lo que ya se está acostumbrado. Todo estaba en su sitio, pero se veía diferente. Se levantó de la silla de respaldo roto y miró la pantalla de la computadora. Qué hago acá… leyó en voz alta y enseguida el final de la frase estalló en su cabeza: Tiene que haber algo más… A pesar de aflorar como una revelación, esa frase no lo era en absoluto. Era algo que venía dejando de lado desde hacía mucho tiempo. Incluso desde niño, cuando su familia le racionaba la atención había llegado a esa terrible conclusión. Esto no puede ser todo, se decía. Tiene que haber algo más. Pudo haber pensado en la religión como respuesta, si no fuera porque la educación religiosa que recibió desde el jardín de infantes y sobre todo quienes la impartían lo habían llevado a descartar totalmente esa posibilidad.
De pronto le dieron ganas de correr. De salir a la calle, de huir de todo. Pero ¿huir de qué? ¿A qué le quería escapar? ¿A dónde escapar? Sintió miedo. La sola idea de que no hubiera nada más, lo aterrorizó. Aunque podía escapar de la esclavitud de trabajar para vivir, se dijo aliviado, pero ¿para qué?. Quizá podría dedicarse a hacer cosas que le gustaran más, cosas que lo hicieran sentir realizado, pero ¿a qué lo llevaba eso? Tal vez podría salir, conocer el mundo, otra gente, otras realidades, pero eso tampoco lo llevaba a nada.
La reja de la ventana puerta de la oficina tenía círculos, espirales y unos símbolos similares a ese ocho durmiendo del infinito, soldados a sus barrotes. Se le ocurrió que quizá todo fuera cíclico. Si se quiere, la historia de la humanidad y hasta la del universo podría dividirse en ciclos, en etapas. Y de esa misma forma, yendo un nivel más arriba, tal vez esta vida sea una etapa de algo así como una vida más grande. Podía ser que cada persona tuviera una gran vida formada por etapas y que esta vida fuera sólo una de ellas, por lo que después de terminar esta etapa comenzaría otra. Pero enseguida se desanimó pensando que si había una etapa posterior, debía haber una anterior de la que no recordaba nada. Por lo tanto, nada de lo que hiciera en esta etapa tendría sentido en la próxima. Los logros, las alegrías, los amores, los anhelos, el trabajo duro, todo se iría con él a la tumba y al igual que su carne, todas las virtudes serían devoradas por gusanos. Luego de toda una vida procurándose un futuro, un buen pasar, de tratar de agradar a los demás hasta el punto de renunciar a la propia identidad, no quedaría nada. Nacer, crecer, estudiar, trabajar, trabajar, trabajar, quizá reproducirse y morir.
En realidad, Jorge estaba seguro que había algo más y estaba tan convencido de eso que pasaría toda su vida buscándolo, incluso sabiendo que jamás lo encontraría, y se sorprendería a sí mismo en su lecho de muerte, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática, diciéndoles a quienes estuvieran con él esperando su partida: Qué hago acá… tiene que haber algo más. Sin embargo, sentado ahí en su oficina frente a la computadora y con la certeza de que jamás encontraría ese algo más, sintió que igual valía la pena intentarlo. Después de todo en algo hay que creer, aunque sea creer en nada.
Sacó la hoja de la máquina de escribir y la releyó. De esta forma comenzaba la novela que Antonio siempre quiso escribir. Antonio García es un hombre mayor, de esos que al verlos no dejan duda de estar más cerca del final que del principio e inclusive de la mitad. Durante los últimos treinta y cinco años, fue profesor de literatura en un liceo público y salvo por el programa de su materia para cuarto año, ya no recordaba nada de lo que había aprendido sobre literatura. Vivía en un pequeño apartamento lleno de humedad, heredado de una tía y todos los días caminaba las veintisiete cuadras que lo separaban del liceo donde dictaba clases y veintinueve cuadras para volver, porque hacía un desvío de dos cuadras para pasar por el bar de Roberto, un amigo de la infancia. A pesar de su empeño en predicar que lo hacía por el ejercicio, todos sabían que era para ahorrar el costo del boleto por eso algunos de sus allegados conociendo lo magro de sus ingresos, intentaban ayudarlo económicamente; ayuda que él sistemáticamente rechazaba porque sabía que cuando escribiera su obra maestra le sobraría el dinero.
Desde sus años en el IPA, Antonio había querido escribir una novela y tantos años después recién comenzaba a hacerlo, pero se consolaba diciendo que nunca es tarde para empezar, frase que también servía de excusa para aplazar cada vez más el inicio de la obra. Pero todo eso ya no importaba. Al fin había arrancado y qué mejor comienzo que un problema existencial, algo por lo que la mayoría de las personas han pasado, y un buen enganche que promete una respuesta a esa interrogante.
Luego de releerlo no le pareció gran cosa, aunque era un buen comienzo. Sin duda podía mejorar. Aún no había pensado en un título, pero le quedaban muchos capítulos por delante para hacerlo.
Va a ser un éxito, pensó mientras colocaba otra hoja en blanco en la máquina de escribir…
Esa mañana Jorge estaba en su trabajo, sentado frente a la computadora que lo desafiaba con una página de Word en blanco. El respaldo de la silla estaba roto, pero igual era cómoda y sobre todo divertida porque tenía rueditas. Eso le permitía impulsarse hacia atrás con los pies y alejarse velozmente de la máquina, de la monotonía, de lo que lo unía a la realidad, a la sociedad, al aparato frente al que pasaría al menos un tercio de su vida y en función del cual se lo calificaría con algún valor entre productivo e improductivo. Esta vez se impulsó hacia atrás más fuerte que de costumbre, tanto así que el respaldo roto se le incrustó en la espalda y casi cae de la silla. No importaba; valía la pena ver como se alejaba de esa vida, aunque luego de un par de giros volviera a su posición, frente a su destino, a lo que le daba de comer, a lo que realmente valía la pena, a lo que lo haría un hombre de bien o cualquier otro calificativo que podría utilizar un padre con su hijo adolescente para explicarle lo importante de ser parte de la dominación del hombre por el propio hombre.
Esa mañana el paseo en silla por la oficina tuvo otras consecuencias. Al volver a su máquina, Jorge giró la cabeza para mirar por la ventana. Era una ventana grande. En realidad era una puerta de dos hojas con una persiana y una reja que, aunque no permitía ver mucho del mundo exterior, al menos le mostraba un poco de cielo. Fue en ese momento, al ver ese triangulo celeste entre los muros linderos, que se sintió extraño. Primero aturdido, como cuando uno se despierta y se sienta en la cama pero sigue un poco dormido, luego fue como un golpe en la frente, como cuando uno se descubre a sí mismo pensando en algo durante varios minutos, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática en el rostro que provoca que todos alrededor miren raro y es ahí cuando nos damos cuenta que estábamos desconectados del mundo y queremos volver a desconectarnos pero ya es tarde, ya volvimos. En el caso de Jorge, a todo esto se le sumaba la certeza de haber estado soñando durante los últimos 29 años. Sintió que había hecho, como en todos lo sueños, un montón de cosas sin saber por qué las hacía, pero que al mismo tiempo no podía responsabilizar a nadie de haberlo obligado a hacerlas porque de hecho, era su sueño, era producto de su mente. Así se quedó, tratando de explicar esa sensación y dándole vueltas en la cabeza hasta que reaccionó para descubrir sus manos sobre el teclado escribiendo compulsivamente. Qué hago acá… qué hago acá… decía la pantalla una y otra vez, a lo largo de cinco páginas.
Sacó las manos del teclado, rápido, asustado. Miró a su alrededor, todo parecía normal, al menos si definimos normal como aquello a lo que ya se está acostumbrado. Todo estaba en su sitio, pero se veía diferente. Se levantó de la silla de respaldo roto y miró la pantalla de la computadora. Qué hago acá… leyó en voz alta y enseguida el final de la frase estalló en su cabeza: Tiene que haber algo más… A pesar de aflorar como una revelación, esa frase no lo era en absoluto. Era algo que venía dejando de lado desde hacía mucho tiempo. Incluso desde niño, cuando su familia le racionaba la atención había llegado a esa terrible conclusión. Esto no puede ser todo, se decía. Tiene que haber algo más. Pudo haber pensado en la religión como respuesta, si no fuera porque la educación religiosa que recibió desde el jardín de infantes y sobre todo quienes la impartían lo habían llevado a descartar totalmente esa posibilidad.
De pronto le dieron ganas de correr. De salir a la calle, de huir de todo. Pero ¿huir de qué? ¿A qué le quería escapar? ¿A dónde escapar? Sintió miedo. La sola idea de que no hubiera nada más, lo aterrorizó. Aunque podía escapar de la esclavitud de trabajar para vivir, se dijo aliviado, pero ¿para qué?. Quizá podría dedicarse a hacer cosas que le gustaran más, cosas que lo hicieran sentir realizado, pero ¿a qué lo llevaba eso? Tal vez podría salir, conocer el mundo, otra gente, otras realidades, pero eso tampoco lo llevaba a nada.
La reja de la ventana puerta de la oficina tenía círculos, espirales y unos símbolos similares a ese ocho durmiendo del infinito, soldados a sus barrotes. Se le ocurrió que quizá todo fuera cíclico. Si se quiere, la historia de la humanidad y hasta la del universo podría dividirse en ciclos, en etapas. Y de esa misma forma, yendo un nivel más arriba, tal vez esta vida sea una etapa de algo así como una vida más grande. Podía ser que cada persona tuviera una gran vida formada por etapas y que esta vida fuera sólo una de ellas, por lo que después de terminar esta etapa comenzaría otra. Pero enseguida se desanimó pensando que si había una etapa posterior, debía haber una anterior de la que no recordaba nada. Por lo tanto, nada de lo que hiciera en esta etapa tendría sentido en la próxima. Los logros, las alegrías, los amores, los anhelos, el trabajo duro, todo se iría con él a la tumba y al igual que su carne, todas las virtudes serían devoradas por gusanos. Luego de toda una vida procurándose un futuro, un buen pasar, de tratar de agradar a los demás hasta el punto de renunciar a la propia identidad, no quedaría nada. Nacer, crecer, estudiar, trabajar, trabajar, trabajar, quizá reproducirse y morir.
En realidad, Jorge estaba seguro que había algo más y estaba tan convencido de eso que pasaría toda su vida buscándolo, incluso sabiendo que jamás lo encontraría, y se sorprendería a sí mismo en su lecho de muerte, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática, diciéndoles a quienes estuvieran con él esperando su partida: Qué hago acá… tiene que haber algo más. Sin embargo, sentado ahí en su oficina frente a la computadora y con la certeza de que jamás encontraría ese algo más, sintió que igual valía la pena intentarlo. Después de todo en algo hay que creer, aunque sea creer en nada.
Sacó la hoja de la máquina de escribir y la releyó. De esta forma comenzaba la novela que Antonio siempre quiso escribir. Antonio García es un hombre mayor, de esos que al verlos no dejan duda de estar más cerca del final que del principio e inclusive de la mitad. Durante los últimos treinta y cinco años, fue profesor de literatura en un liceo público y salvo por el programa de su materia para cuarto año, ya no recordaba nada de lo que había aprendido sobre literatura. Vivía en un pequeño apartamento lleno de humedad, heredado de una tía y todos los días caminaba las veintisiete cuadras que lo separaban del liceo donde dictaba clases y veintinueve cuadras para volver, porque hacía un desvío de dos cuadras para pasar por el bar de Roberto, un amigo de la infancia. A pesar de su empeño en predicar que lo hacía por el ejercicio, todos sabían que era para ahorrar el costo del boleto por eso algunos de sus allegados conociendo lo magro de sus ingresos, intentaban ayudarlo económicamente; ayuda que él sistemáticamente rechazaba porque sabía que cuando escribiera su obra maestra le sobraría el dinero.
Desde sus años en el IPA, Antonio había querido escribir una novela y tantos años después recién comenzaba a hacerlo, pero se consolaba diciendo que nunca es tarde para empezar, frase que también servía de excusa para aplazar cada vez más el inicio de la obra. Pero todo eso ya no importaba. Al fin había arrancado y qué mejor comienzo que un problema existencial, algo por lo que la mayoría de las personas han pasado, y un buen enganche que promete una respuesta a esa interrogante.
Luego de releerlo no le pareció gran cosa, aunque era un buen comienzo. Sin duda podía mejorar. Aún no había pensado en un título, pero le quedaban muchos capítulos por delante para hacerlo.
Va a ser un éxito, pensó mientras colocaba otra hoja en blanco en la máquina de escribir…
Akasha
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