Tiene que haber algo más, se decía Jorge mientras se daba cuenta que ese pensamiento lo había acompañado toda su vida. Tiene que haber algo más. Se sorprendía varias veces al día con esa idea en la cabeza, idea que era una mezcla de teoría adulta y madurada durante los años, con curiosidad de niño que abre sus regalos de navidad y revisa los papeles desgarrados asegurándose que no quede ningún obsequio sin abrir, que no hay nada más, pero siempre manteniendo la esperanza de que lo haya.
Esa mañana Jorge estaba en su trabajo, sentado frente a la computadora que lo desafiaba con una página de Word en blanco. El respaldo de la silla estaba roto, pero igual era cómoda y sobre todo divertida porque tenía rueditas. Eso le permitía impulsarse hacia atrás con los pies y alejarse velozmente de la máquina, de la monotonía, de lo que lo unía a la realidad, a la sociedad, al aparato frente al que pasaría al menos un tercio de su vida y en función del cual se lo calificaría con algún valor entre productivo e improductivo. Esta vez se impulsó hacia atrás más fuerte que de costumbre, tanto así que el respaldo roto se le incrustó en la espalda y casi cae de la silla. No importaba; valía la pena ver como se alejaba de esa vida, aunque luego de un par de giros volviera a su posición, frente a su destino, a lo que le daba de comer, a lo que realmente valía la pena, a lo que lo haría un hombre de bien o cualquier otro calificativo que podría utilizar un padre con su hijo adolescente para explicarle lo importante de ser parte de la dominación del hombre por el propio hombre.
Esa mañana el paseo en silla por la oficina tuvo otras consecuencias. Al volver a su máquina, Jorge giró la cabeza para mirar por la ventana. Era una ventana grande. En realidad era una puerta de dos hojas con una persiana y una reja que, aunque no permitía ver mucho del mundo exterior, al menos le mostraba un poco de cielo. Fue en ese momento, al ver ese triangulo celeste entre los muros linderos, que se sintió extraño. Primero aturdido, como cuando uno se despierta y se sienta en la cama pero sigue un poco dormido, luego fue como un golpe en la frente, como cuando uno se descubre a sí mismo pensando en algo durante varios minutos, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática en el rostro que provoca que todos alrededor miren raro y es ahí cuando nos damos cuenta que estábamos desconectados del mundo y queremos volver a desconectarnos pero ya es tarde, ya volvimos. En el caso de Jorge, a todo esto se le sumaba la certeza de haber estado soñando durante los últimos 29 años. Sintió que había hecho, como en todos lo sueños, un montón de cosas sin saber por qué las hacía, pero que al mismo tiempo no podía responsabilizar a nadie de haberlo obligado a hacerlas porque de hecho, era su sueño, era producto de su mente. Así se quedó, tratando de explicar esa sensación y dándole vueltas en la cabeza hasta que reaccionó para descubrir sus manos sobre el teclado escribiendo compulsivamente. Qué hago acá… qué hago acá… decía la pantalla una y otra vez, a lo largo de cinco páginas.
Sacó las manos del teclado, rápido, asustado. Miró a su alrededor, todo parecía normal, al menos si definimos normal como aquello a lo que ya se está acostumbrado. Todo estaba en su sitio, pero se veía diferente. Se levantó de la silla de respaldo roto y miró la pantalla de la computadora. Qué hago acá… leyó en voz alta y enseguida el final de la frase estalló en su cabeza: Tiene que haber algo más… A pesar de aflorar como una revelación, esa frase no lo era en absoluto. Era algo que venía dejando de lado desde hacía mucho tiempo. Incluso desde niño, cuando su familia le racionaba la atención había llegado a esa terrible conclusión. Esto no puede ser todo, se decía. Tiene que haber algo más. Pudo haber pensado en la religión como respuesta, si no fuera porque la educación religiosa que recibió desde el jardín de infantes y sobre todo quienes la impartían lo habían llevado a descartar totalmente esa posibilidad.
De pronto le dieron ganas de correr. De salir a la calle, de huir de todo. Pero ¿huir de qué? ¿A qué le quería escapar? ¿A dónde escapar? Sintió miedo. La sola idea de que no hubiera nada más, lo aterrorizó. Aunque podía escapar de la esclavitud de trabajar para vivir, se dijo aliviado, pero ¿para qué?. Quizá podría dedicarse a hacer cosas que le gustaran más, cosas que lo hicieran sentir realizado, pero ¿a qué lo llevaba eso? Tal vez podría salir, conocer el mundo, otra gente, otras realidades, pero eso tampoco lo llevaba a nada.
La reja de la ventana puerta de la oficina tenía círculos, espirales y unos símbolos similares a ese ocho durmiendo del infinito, soldados a sus barrotes. Se le ocurrió que quizá todo fuera cíclico. Si se quiere, la historia de la humanidad y hasta la del universo podría dividirse en ciclos, en etapas. Y de esa misma forma, yendo un nivel más arriba, tal vez esta vida sea una etapa de algo así como una vida más grande. Podía ser que cada persona tuviera una gran vida formada por etapas y que esta vida fuera sólo una de ellas, por lo que después de terminar esta etapa comenzaría otra. Pero enseguida se desanimó pensando que si había una etapa posterior, debía haber una anterior de la que no recordaba nada. Por lo tanto, nada de lo que hiciera en esta etapa tendría sentido en la próxima. Los logros, las alegrías, los amores, los anhelos, el trabajo duro, todo se iría con él a la tumba y al igual que su carne, todas las virtudes serían devoradas por gusanos. Luego de toda una vida procurándose un futuro, un buen pasar, de tratar de agradar a los demás hasta el punto de renunciar a la propia identidad, no quedaría nada. Nacer, crecer, estudiar, trabajar, trabajar, trabajar, quizá reproducirse y morir.
En realidad, Jorge estaba seguro que había algo más y estaba tan convencido de eso que pasaría toda su vida buscándolo, incluso sabiendo que jamás lo encontraría, y se sorprendería a sí mismo en su lecho de muerte, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática, diciéndoles a quienes estuvieran con él esperando su partida: Qué hago acá… tiene que haber algo más. Sin embargo, sentado ahí en su oficina frente a la computadora y con la certeza de que jamás encontraría ese algo más, sintió que igual valía la pena intentarlo. Después de todo en algo hay que creer, aunque sea creer en nada.
Sacó la hoja de la máquina de escribir y la releyó. De esta forma comenzaba la novela que Antonio siempre quiso escribir. Antonio García es un hombre mayor, de esos que al verlos no dejan duda de estar más cerca del final que del principio e inclusive de la mitad. Durante los últimos treinta y cinco años, fue profesor de literatura en un liceo público y salvo por el programa de su materia para cuarto año, ya no recordaba nada de lo que había aprendido sobre literatura. Vivía en un pequeño apartamento lleno de humedad, heredado de una tía y todos los días caminaba las veintisiete cuadras que lo separaban del liceo donde dictaba clases y veintinueve cuadras para volver, porque hacía un desvío de dos cuadras para pasar por el bar de Roberto, un amigo de la infancia. A pesar de su empeño en predicar que lo hacía por el ejercicio, todos sabían que era para ahorrar el costo del boleto por eso algunos de sus allegados conociendo lo magro de sus ingresos, intentaban ayudarlo económicamente; ayuda que él sistemáticamente rechazaba porque sabía que cuando escribiera su obra maestra le sobraría el dinero.
Desde sus años en el IPA, Antonio había querido escribir una novela y tantos años después recién comenzaba a hacerlo, pero se consolaba diciendo que nunca es tarde para empezar, frase que también servía de excusa para aplazar cada vez más el inicio de la obra. Pero todo eso ya no importaba. Al fin había arrancado y qué mejor comienzo que un problema existencial, algo por lo que la mayoría de las personas han pasado, y un buen enganche que promete una respuesta a esa interrogante.
Luego de releerlo no le pareció gran cosa, aunque era un buen comienzo. Sin duda podía mejorar. Aún no había pensado en un título, pero le quedaban muchos capítulos por delante para hacerlo.
Va a ser un éxito, pensó mientras colocaba otra hoja en blanco en la máquina de escribir…
Esa mañana Jorge estaba en su trabajo, sentado frente a la computadora que lo desafiaba con una página de Word en blanco. El respaldo de la silla estaba roto, pero igual era cómoda y sobre todo divertida porque tenía rueditas. Eso le permitía impulsarse hacia atrás con los pies y alejarse velozmente de la máquina, de la monotonía, de lo que lo unía a la realidad, a la sociedad, al aparato frente al que pasaría al menos un tercio de su vida y en función del cual se lo calificaría con algún valor entre productivo e improductivo. Esta vez se impulsó hacia atrás más fuerte que de costumbre, tanto así que el respaldo roto se le incrustó en la espalda y casi cae de la silla. No importaba; valía la pena ver como se alejaba de esa vida, aunque luego de un par de giros volviera a su posición, frente a su destino, a lo que le daba de comer, a lo que realmente valía la pena, a lo que lo haría un hombre de bien o cualquier otro calificativo que podría utilizar un padre con su hijo adolescente para explicarle lo importante de ser parte de la dominación del hombre por el propio hombre.
Esa mañana el paseo en silla por la oficina tuvo otras consecuencias. Al volver a su máquina, Jorge giró la cabeza para mirar por la ventana. Era una ventana grande. En realidad era una puerta de dos hojas con una persiana y una reja que, aunque no permitía ver mucho del mundo exterior, al menos le mostraba un poco de cielo. Fue en ese momento, al ver ese triangulo celeste entre los muros linderos, que se sintió extraño. Primero aturdido, como cuando uno se despierta y se sienta en la cama pero sigue un poco dormido, luego fue como un golpe en la frente, como cuando uno se descubre a sí mismo pensando en algo durante varios minutos, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática en el rostro que provoca que todos alrededor miren raro y es ahí cuando nos damos cuenta que estábamos desconectados del mundo y queremos volver a desconectarnos pero ya es tarde, ya volvimos. En el caso de Jorge, a todo esto se le sumaba la certeza de haber estado soñando durante los últimos 29 años. Sintió que había hecho, como en todos lo sueños, un montón de cosas sin saber por qué las hacía, pero que al mismo tiempo no podía responsabilizar a nadie de haberlo obligado a hacerlas porque de hecho, era su sueño, era producto de su mente. Así se quedó, tratando de explicar esa sensación y dándole vueltas en la cabeza hasta que reaccionó para descubrir sus manos sobre el teclado escribiendo compulsivamente. Qué hago acá… qué hago acá… decía la pantalla una y otra vez, a lo largo de cinco páginas.
Sacó las manos del teclado, rápido, asustado. Miró a su alrededor, todo parecía normal, al menos si definimos normal como aquello a lo que ya se está acostumbrado. Todo estaba en su sitio, pero se veía diferente. Se levantó de la silla de respaldo roto y miró la pantalla de la computadora. Qué hago acá… leyó en voz alta y enseguida el final de la frase estalló en su cabeza: Tiene que haber algo más… A pesar de aflorar como una revelación, esa frase no lo era en absoluto. Era algo que venía dejando de lado desde hacía mucho tiempo. Incluso desde niño, cuando su familia le racionaba la atención había llegado a esa terrible conclusión. Esto no puede ser todo, se decía. Tiene que haber algo más. Pudo haber pensado en la religión como respuesta, si no fuera porque la educación religiosa que recibió desde el jardín de infantes y sobre todo quienes la impartían lo habían llevado a descartar totalmente esa posibilidad.
De pronto le dieron ganas de correr. De salir a la calle, de huir de todo. Pero ¿huir de qué? ¿A qué le quería escapar? ¿A dónde escapar? Sintió miedo. La sola idea de que no hubiera nada más, lo aterrorizó. Aunque podía escapar de la esclavitud de trabajar para vivir, se dijo aliviado, pero ¿para qué?. Quizá podría dedicarse a hacer cosas que le gustaran más, cosas que lo hicieran sentir realizado, pero ¿a qué lo llevaba eso? Tal vez podría salir, conocer el mundo, otra gente, otras realidades, pero eso tampoco lo llevaba a nada.
La reja de la ventana puerta de la oficina tenía círculos, espirales y unos símbolos similares a ese ocho durmiendo del infinito, soldados a sus barrotes. Se le ocurrió que quizá todo fuera cíclico. Si se quiere, la historia de la humanidad y hasta la del universo podría dividirse en ciclos, en etapas. Y de esa misma forma, yendo un nivel más arriba, tal vez esta vida sea una etapa de algo así como una vida más grande. Podía ser que cada persona tuviera una gran vida formada por etapas y que esta vida fuera sólo una de ellas, por lo que después de terminar esta etapa comenzaría otra. Pero enseguida se desanimó pensando que si había una etapa posterior, debía haber una anterior de la que no recordaba nada. Por lo tanto, nada de lo que hiciera en esta etapa tendría sentido en la próxima. Los logros, las alegrías, los amores, los anhelos, el trabajo duro, todo se iría con él a la tumba y al igual que su carne, todas las virtudes serían devoradas por gusanos. Luego de toda una vida procurándose un futuro, un buen pasar, de tratar de agradar a los demás hasta el punto de renunciar a la propia identidad, no quedaría nada. Nacer, crecer, estudiar, trabajar, trabajar, trabajar, quizá reproducirse y morir.
En realidad, Jorge estaba seguro que había algo más y estaba tan convencido de eso que pasaría toda su vida buscándolo, incluso sabiendo que jamás lo encontraría, y se sorprendería a sí mismo en su lecho de muerte, con los ojos bien abiertos y esa expresión dramática, diciéndoles a quienes estuvieran con él esperando su partida: Qué hago acá… tiene que haber algo más. Sin embargo, sentado ahí en su oficina frente a la computadora y con la certeza de que jamás encontraría ese algo más, sintió que igual valía la pena intentarlo. Después de todo en algo hay que creer, aunque sea creer en nada.
Sacó la hoja de la máquina de escribir y la releyó. De esta forma comenzaba la novela que Antonio siempre quiso escribir. Antonio García es un hombre mayor, de esos que al verlos no dejan duda de estar más cerca del final que del principio e inclusive de la mitad. Durante los últimos treinta y cinco años, fue profesor de literatura en un liceo público y salvo por el programa de su materia para cuarto año, ya no recordaba nada de lo que había aprendido sobre literatura. Vivía en un pequeño apartamento lleno de humedad, heredado de una tía y todos los días caminaba las veintisiete cuadras que lo separaban del liceo donde dictaba clases y veintinueve cuadras para volver, porque hacía un desvío de dos cuadras para pasar por el bar de Roberto, un amigo de la infancia. A pesar de su empeño en predicar que lo hacía por el ejercicio, todos sabían que era para ahorrar el costo del boleto por eso algunos de sus allegados conociendo lo magro de sus ingresos, intentaban ayudarlo económicamente; ayuda que él sistemáticamente rechazaba porque sabía que cuando escribiera su obra maestra le sobraría el dinero.
Desde sus años en el IPA, Antonio había querido escribir una novela y tantos años después recién comenzaba a hacerlo, pero se consolaba diciendo que nunca es tarde para empezar, frase que también servía de excusa para aplazar cada vez más el inicio de la obra. Pero todo eso ya no importaba. Al fin había arrancado y qué mejor comienzo que un problema existencial, algo por lo que la mayoría de las personas han pasado, y un buen enganche que promete una respuesta a esa interrogante.
Luego de releerlo no le pareció gran cosa, aunque era un buen comienzo. Sin duda podía mejorar. Aún no había pensado en un título, pero le quedaban muchos capítulos por delante para hacerlo.
Va a ser un éxito, pensó mientras colocaba otra hoja en blanco en la máquina de escribir…
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