jueves, febrero 07, 2008

no se...

El carácter efímero de nuestra existencia, es lo que nos hace evolucionar.
Ok… sí... dicho así yo tampoco lo entendería...
Lo que quiero decir, es que la idea de una muerte próxima es la que nos hace crear, preguntarnos, buscar…
Quién se cuestionaría que hay más allá de la muerte si esta no existiera. O quién formularía preguntas como “de dónde venimos o a dónde vamos” si estuviera claro que no hay un “de dónde venir” o un “a dónde ir”. Si el hombre fuera eterno no se cuestionaría este tipo de cosas. Tampoco existirían un montón de artilugios para hacernos la vida más fácil, porque ese “fácil” está siempre asociado con ahorrar tiempo , y quién quiere ahorrar tiempo si tiene todo el del mundo. No existirían cosas como las creencias religiosas, porque no necesitaríamos nada que nos hiciera pensar que nuestro pasaje por la tierra no fue inútil, o que vivir respetando las normas sociales tendrá su recompensa en un más allá donde nuestros sistemas sociales ni pinchan ni cortan.
Si el hombre fuera eterno, inmortal, nadie se preocuparía por crear ni resolver nada, porque siempre habría tiempo para hacerlo. El “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” responde simplemente al hecho de que mañana quizá estés muerto y no puedas terminar lo que ni siquiera iniciaste ayer, porque simplemente no valía la pena. En un mundo con un hombre eterno, todo se postergaría porque si hago todo hoy, qué me queda para hacer mañana y pasado y así hasta el fin de los días. Nadie sufriría la perdida de un amor, al menos no por la muerte del mismo. Aunque ese amor sí podría perderse por todas las demás razones que hacen que se pierda un amor, por lo que existe la posibilidad de que el hombre eterno sea también eternamente desdichado.
El hombre eterno tendría mil años para cambiar lo que es, otros mil para volver a cambiarlo, y otros mil para volver a ser lo que era en un principio y en ese punto, caería en cuenta de que nadie puede cambiar lo que es. Sea bueno o malo, no puede cambiarlo ni uno ni los otros. Justo en ese instante, este hombre descubriría que la vida eterna no es tan grata y que un segundo puede regalarle más dicha que mil años de existencia. Y así, obedeciendo a su naturaleza, no a la del hombre eterno sino a los instintos más básicos, comunes al hombre normal y al eterno, trataría de terminar con todo. Buscaría la forma de no existir para siempre, trabajaría día y noche en una cura para lo que ya considera una enfermedad, no dejaría nada para mañana, desatendería todas sus otras obligaciones por pocas que fueran, y así empezaría a sufrir por amor, comenzaría a sentir, a creer que puede haber algo más allá de la vida eterna, a tener cábalas, supersticiones, creencias y tarde o temprano, se vería a sí mismo en su lecho de muerte, contando sus últimos suspiros, pensando y lamentándose por todo lo que nunca pudo hacer.