Todos los hombres nacemos libres, pero poco queda de esa libertad al llegar a nuestra adultez. Nuestro nacimiento marca también el inicio de una relación de pseudo-dependencia con un sistema que se va encargando poco a poco de desangrar nuestro espíritu alimentándose de nuestros sueños, nuestro esfuerzo, nuestra alma. Se trata de una relación parasitaria en la que el huésped es, no sólo la carne sino también nuestra esencia. Esta relación enfermiza, se basa en la creencia errónea de que necesitamos un montón de cosas para vivir, necesitamos un trabajo, un estado que nos controle y nos diga qué hacer, necesitamos dinero para obtener cosas que nos harán felices y necesitamos gente que organice nuestras vidas para que así, todos seamos personas de provecho. Visto desde los ojos de esta organización, aquel que se recluye en medio de la nada y vive de lo que la naturaleza le provee es un vago, un egoísta, puesto que vive para sí mismo, no compra los productos que la sociedad de consumo fabricó para él y sobretodo, no realiza transacciones monetarias. Esta persona se esfuerza en obtener de forma directa alimento y abrigo, sin intermediarios, sin fabricar electrodomésticos para el primer mundo para obtener un sueldo que a duras penas le proporcionará alimento. No, lo recoge él mismo, de la tierra a su plato. De esta misma forma funcionan comunidades enteras y la pregunta en este punto es obvia: por qué no es posible extrapolar este modelo al planeta entero.
Basta con hacer el ejercicio de preguntarle a un par de personas adultas en qué consiste un día típico de su vida y nos dirán que su rutina consiste en ir del trabajo a su casa y de su casa al trabajo, día tras día, mes tras mes, año tras año, todo para poder comprarse cosas, irse una semana de vacaciones a algún sitio y llegar a la vejez con una jubilación pésima. Por supuesto que todos cuentan con algo de tiempo libre y diversión, cada vez menos seguramente porque “hay que pagar las cuentas”, sin embargo, ese preciado tiempo libre por el que trabaja todo el día, lo dedica a perderse dentro de una pantalla de televisión o su equivalente, buscando desconectarse, no pensar, olvidarse, porque es lógico, “bastantes problemas tengo como para todavía tener que pensar, cuando estoy sentado seguro en mi sillón, frente al televisor… y si trabajo todo el día, es para tener este momento de tranquilidad”. La pregunta que todos deberían hacerse es por qué trabajamos. O mejor dicho, si los frutos de nuestro trabajo tienen que ver con mejorar nuestra calidad de vida. Evidentemente no es así, si no quienes más trabajan deberían ser los que mejor viven. Hay que realizar una simple operación matemática para darse cuenta que, de todo el dinero que ganamos y gastamos, sólo una pequeña parte va a parar a artículos básicos para nuestra supervivencia, para las cosas que realmente necesitamos. Una vez escuché decir a un conocido político uruguayo que “para ser libres, hay que viajar ligeros de equipaje” ; no se si esa reflexión es de su autoría o no, y aunque con ella intentaba justificar un aumento de precios al consumo, ilustra bastante bien mi punto. Se puede pasar o perder una vida entera dedicándose a acumular riquezas, o mejor dicho, trabajando y esforzándose por ellas, y morir sin haber hecho una sola cosa de provecho. Qué es “algo de provecho” por supuesto que es muy relativo, pero un buen termómetro es que ese “algo” nos satisfaga en cierta medida, más allá de lo superficial. Hoy en día contamos con una ventaja enorme con respecto a nuestros antepasados. Contamos con la tecnología y los recursos necesarios para no tener que dedicarnos a otra cosa que la “contemplación”, a hacer las cosas que realmente queremos y que nos hacen bien. Contamos con los recursos para que ni una sola persona más pase hambre en el mundo, para que ni un solo niño más muera enfermo por falta de atención, para que ni una persona más sea esclavizada en beneficio de unos pocos. Si las personas correctas dijeran hoy “no estoy dispuesto a ver a una sola persona más morir de hambre en el mundo”, mañana podría estar solucionado el problema, pero ese problema no se va a solucionar mientras sigamos siendo títeres de un sistema monetario que destruye a muchos para enriquecer a unos pocos. Hacia el año 1892, Kropotkin ya planteaba esta posibilidad en las primeras líneas de “La conquista del pan” :
"La humanidad ha caminado gran trecho desde aquellas remotas edades durante las cuales el hombre vivía de los azares de la caza y no dejaba a sus hijos más herencia que un refugio bajo las penas, pobres instrumentos de sílex y la naturaleza, contra la que tenían que luchar para seguir su mezquina existencia.
Sin embargo, en ese confuso período de miles y miles de años, el género humano acumuló inauditos tesoros. Roturó el suelo, desecó los pantanos, hizo trochas en los bosques, abrió caminos; edificó, inventó, observó, pensó; creó instrumentos complicados, arrancó sus secretos a la naturaleza, domó el vapor, tanto que, al nacer, el hijo del hombre civilizado encuentra hoy a su servicio un capital inmenso, acumulado por sus predecesores. Y ese capital le permite obtener riquezas que superan a los ensueños de los orientales en sus cuentos de Las mil y una noches.
Aún son más pasmosos los prodigios realizados en la industria. Con esos seres inteligentes que se llaman máquinas modernas, cien hombres fabrican con qué vestir a diez mil hombres durante dos años. En las minas de carbón bien organizadas, cien hombres extraen cada año combustible para que se calienten diez mil familias en un clima riguroso. Y si en la industria, en la agricultura y en el conjunto de nuestra organización social sólo aprovecha a un pequeñísimo número la labor de nuestros antepasados, no es menos cierto que la humanidad entera podría gozar una existencia de riqueza y de lujo sin más que con los siervos de hierro y de acero que posee. Somos ricos, muchísimo más de lo que creemos. Ricos por lo que poseemos ya; aún más ricos por lo que podemos conseguir con los instrumentos actuales; infinitamente más ricos por lo que pudiéramos obtener de nuestro suelo, de nuestra ciencia y de nuestra habilidad técnica, si se aplicasen a procurar el bienestar de todos.
Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en torno nuestro? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas, ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?"
Si estas cuestiones podían plantearse hace más de cien años, cuánto más posible es hoy. ¿En qué mejoramos desde el momento en que se escribieron esas palabras? Sin duda las posibilidades técnicas son aún mejores hoy en día, pero de todas formas seguimos presos de una maquinaria despiadada que nos usa para luego simplemente descartarnos, y hay que admitir que el "bienestar de todos" está cada día más lejos porque, desgraciadamente, el bienestar de todos no es lucrativo. Todos tenemos derechos siempre y cuando podamos pagarlos. Hoy existen en el mundo más esclavos que en las épocas en las que estaba bien visto tener personas atadas con grilletes trabajando los campos de algodón. Hoy en día mueren decenas de miles de personas de hambre al día, cuando un país de primer mundo como EEUU, con el 5% de la población del planeta, consume más del 30 % de los recursos del mismo, generando por supuesto, más del 30 % de los desperdicios gracias a que, del otro lado del mundo, existen esclavos de 12 años fabricando sus championes que no necesitan, sus pantalones de marca que no necesitan y su tecnología barata que será obsoleta en un par de meses y por supuesto tampoco necesitan, pero que estarán dispuestos a pagar porque para eso trabajan, para eso hipotecaron su alma a cambio de las comodidades y la seguridad que la sociedad moderna les ofrece, sociedad que no dudará en darles una patada el día que ya no puedan seguir consumiendo. Las comodidades de la vida moderna no son más que un camuflaje de su verdadero propósito; y ese proposito es mantener activa una maquinaria productiva que enriquece a algunos pocos. No necesitamos todas esas cosas; no necesitamos más mentiras, no necesitamos un programa de televisión que nos entretenga, o que nos diga qué debemos pensar, o como debemos sentirnos, o que nos muestre la discusión entre dos políticos, como una noticia que debería importarnos. Henry Thoreau decía hace más de 150 años, “Si tengo que ser un camino, prefiero serlo por torrentes, por arroyos del Parnaso que por alcantarillas de ciudad. Existe la inspiración, ese chismorreo que llega al oído de la mente atenta desde los patios celestiales. Existe otra revelación profana y caduca, la de las tabernas y la comisaría de policía. El mismo oído es capaz de captar ambas comunicaciones. El criterio del que escucha es el que debe determinar cuál oír y cuál no”.
Thoreau decía también algo parecido a esto: La diferencia entre nosotros y nuestro interlocutor, es que él leyó el diario o vio las noticias antes que nosotros. Quiere decir que ya nadie habla de lo que realmente importa. Nuestras conversaciones tienen que ver con lo que pasó, con el clima, y particularmente me asombra cuánto tienen que ver con el pasado. No hay lugar para lo esencial, para lo que realmente sentimos, no se habla del futuro porque prácticamente nadie cree en él. Nuestras conversaciones no son más que simples intercambios de noticias que nada tienen que ver con nosotros y con nuestras realidades. Noticias que muchas veces no tienen nada de verdad, que buscan simplemente mantener nuestras mentes cautiva alejándolas de lo importante. Afortunadamente la verdad es como un tronco en el agua y tiende a flotar siempre a la superficie, sin importar cuánto traten de hundirlo.
“Cuando preferimos la cultura a las patatas y el entendimiento a las ciruelas, entonces los grandes recursos del mundo se extraen y el resultado o la producción básica no son esclavos ni obreros sino hombres: esos escasos frutos que llamamos héroes, santos, poetas, filósofos y redentores.
En resumen, al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge una institución. Pero la verdad sigue soplando por las alturas y al final acaba por destruirla.”(Henry D. Thoreau, Una vida sin principios)
No deberíamos esperar soluciones o respuestas de otras personas. No vamos a obtenerlas ni de lo políticos, ni de los empresarios, ni de la religión. Las soluciones y las respuestas están en todos nosotros, no importa cuál sea el problema o cuál sea la pregunta. No hay necesidad de preguntarle a nadie qué debemos hacer. Sólo hay que dar el primer paso y un buen primer paso es creer que no somos esclavos de nadie, apagar el televisor, abrir la mente y el corazón, no tomar por cierto nada que no podamos comprobar por nosotros mismos y ser conscientes de que somos dueños de nuestras vidas y que nuestra existencia vale tanto como la de todo lo que nos rodea. Y si en algún momento nos vemos perdidos y necesitamos alguien a quien escuchar, escuchemos a aquellos que lograron recuperar parte de la libertad con la que nacieron, escuchemos a los niños, escuchemos a la naturaleza y aprendamos de ella…