miércoles, marzo 29, 2006

Sin Título - 2

(Viene de la entrada anterior. Leer antes "Sin Título - 1")

Otra vez la agonía de la página en blanco. En realidad era algo que a Antonio nunca le había molestado demasiado y cada vez que esto ocurría se levantaba de su silla argumentando que no se puede forzar a la inspiración aunque el fondo sabía que no existía tal cosa como la inspiración, y que esta era únicamente un sinónimo de talento y trabajo duro. El talento era algo que obviamente le faltaba y el trabajo duro era algo a lo que nunca había tenido necesidad de enfrentarse. Pero esta vez y por primera vez en su vida le costaba levantarse de la silla. La página seguía en blanco metida en su vieja máquina de escribir y ya habían pasado varias horas. Pero esta vez, Antonio no se resignaba a dejarla así, y menos aun luego del excelente comienzo que a su criterio había tenido el día anterior con el conflicto existencial de Jorge. Tomó las páginas escritas el día anterior y las releyó. En realidad no era tan bueno. Estaba bien, pero no era tan bueno como para comenzar una novela. Además, sentía que se había metido en un callejón sin salida al plantear un problema de ese tipo. Se enfrentaba ante la posibilidad de que el público se sintiera decepcionado al no encontrar respuestas en el libro y que al terminarlo, fuera a parar debajo de la pata más corta de algún sillón, o se usaran sus páginas para tapizar el piso de la jaula de algún canario. Cualquiera que fuera su fin, seguramente no sería nada digno. Ya no tenía dudas. Había que rescribirlo, o mejor aun, pensar en algo totalmente diferente, algo que atrape al público, algo con intriga, con drama. Pero la página seguía en blanco y él sentado en frente. Sin duda cualquiera que lo viera en ese momento pensaría que estaba desesperado. Encorvado frente a esa máquina, despeinado, la barba de una semana. La misma musculosa que había estado usando los últimos tres días, amarilla por los años, manchada de café. El apartamento era un desorden. Los platos y tazas sucias formaban columnas en la mesa de la cocina. Un montón de recuerdos de su juventud, portarretratos y muñequitos de porcelana, juntaban polvo en lo estantes del aparador. Los muebles eran muy antiguos y estaban ahí el día que se mudaron, pero en los dos últimos años se habían deteriorado mucho más que en todos los anteriores. Sin duda nadie había limpiado mucho desde que Laura lo había dejado. Laura era la esposa de Antonio. Fueron marido y mujer durante treinta años y a pesar de algunos problemas típicos de las parejas, se quisieron locamente desde que se vieron por primera vez, hasta el día de su muerte. Había muerto casi dos años atrás luego de varios meses de agonía, provocados por una enfermedad extraña que los médicos tardaron en diagnosticar. Antonio decía que ella lo había abandonado y salvo por un par de amigos de su infancia y otro par de personas del liceo donde trabajaba que conocían algunos aspectos de su intimidad, todos estaban convencidos que había sido así. Creía que era mucho más digno decir que ella lo había abandonado a decir que Laura había muerto porque su sueldo de profesor no era suficiente para costear el tratamiento médico que les hubiera permitido seguir compartiendo sus vidas. Antonio ya no pensaba en eso, A decir verdad, últimamente no pensaba en casi nada, pero ahora si tenía algo en que pensar. Iba a escribir su novela, o al menos a intentarlo. Lo que le había parecido un buen comienzo ya no lo era tanto, pero una vez que había empezado, no iba a abandonarlo tan fácil. La hoja continuaba vacía. Las líneas luminosas que dibujaba el sol entrando por las rendijas de una persiana semiabierta, se reflejaban en el blanco del papel y obligaban a Antonio a cerrar de vez en cuando los ojos para descansar su vista cansada tras años de correcciones de pruebas y exámenes de sus jóvenes alumnos, juventud que consideraba irremediablemente perdida. En uno de los tantos descansos quedó dormido; sentado frente a la máquina de escribir, en calzoncillos, con su musculosa manchada, una perfecta postal de la decadencia. La suave brisa que entraba por la ventana sacudía el papel y sus cabellos. Los rayos de luz que entraban por las rendijas de la persiana recortaban una tenue sombra suya contra la pared y salvo por estos, la habitación estaba ya en penumbras. Los colores se habían apagado y todo se veía en diferentes tonos de gris. Así permaneció todo durante un par de horas. Antonio dormido con esa expresión dura, seria que siempre había tenido mientras dormida pero que últimamente se veía aun más preocupada por los surcos en su rostro. ¿Cuánto pasaba dentro de él? ¿Cuánto pasaba por su cabeza y sin embargo no podía plasmar en papel dos frases seguidas que lo complacieran? Justo antes de despertar, su rostro se veía más complacido. De repente despertó. Había soñado con una idea. Se acomodó en la silla, puso sus manos en la máquina y comenzó a escribir sobre un hombre que despertaba de pronto. La hoja ya no estaba en blanco y aunque eso no garantizaba nada, en cierta forma lo tranquilizaba.

Jorge… No. Jorge, no. Ahora es Alberto. Alberto despertó de repente. Como asustado. Como si algo lo hubiera sacudido en la cama con una fuerza que jamás había sentido. Primero fue la claridad a través de sus parpados aún cerrados. Ese instante, ese segundo en el que alguien se despierta y pasa de la oscuridad total, a la luz, antes de abrir los ojos y encontrarse nuevamente con el mundo.

No hay comentarios.: