El sábado por la tarde yo, al igual que muchos uruguayos, nos dispusimos a disfrutar de la segunda parte de las llamadas. Digo solamente uruguayos por que la enorme cantidad de turistas que se pudo ver en el mismo lugar apenas una semana antes, esta vez brillaba por su ausencia.
A las 18:30 en punto ya estaba en la plaza Carlos Gardel, en la salida de las comparsas, envuelto en ese sentimiento de dejabú y las ganas incontenibles de decirle a todo el que me cruzaba “esto ya pasó”. Las hipótesis y conjeturas no se hicieron esperar: estoy viviendo dos veces algunas cosas, estoy atrapado en un circulo temporal en el que el fin se convierte en principio una y otra vez, esto es una falla en la matriz y en cualquier momento llega Smith, esto es un plan de algún estado extranjero para volvernos a todos locos y así poder apoderarse del agua… Por suerte ese tipo de pensamientos cesaron repentinamente al escuchar la primera cuerda que ya estaba saliendo y ahí empezaron las idas y venidas para ver en que punto o en que cruce podría pasar para el otro lado, es decir para el interior del festejo. Todas las intersecciones con Carlos Gardel e Isla de Flores, estaban bloqueadas por numerosas rejas amarillas que cual presas hidroeléctricas contenían a la gente que, a diferencia del agua, no podía escurrirse entre los barrotes ni entre los pequeños huecos que quedaban libres, no por un impedimento físico sino por la presencia de los oficiales de la ley y sobre todo el personal de la intendencia, que cual perros rabiosos y malhumorados, literalmente hablando, custodiaban el tráfico de personas y algunos bienes, como en el caso del paquete de mayonesa Delicia que portaba un muchacho con quien un guardia mantuvo una discusión de varios minutos , pero que luego logró pasar alegando que vivía a mitad de cuadra y que iba a su casa. “Si saliste, no podés entrar… te hubieras aprovisionado antes de la fiesta” le dijo el cara cagada de la intendencia. “De que fiesta me hablas con soretes como vos”, se me ocurrió decirle oportunamente, pero mantuve silencio para no perder el lugar conquistado, puesto que apenas unos minutos antes había cruzado ilegalmente hacia el interior del enrejado. A diferencia de la mayoría del público, desde donde me encontraba pude ver bastante bien a la mayoría de los conjuntos, salvo el los momentos que uno de los perros rabiosos antes mencionados molestaba para que me corriera dos pasos a la derecha porque, supuestamente, “este espacio tiene que quedar libre” y le faltó decir “porque a mi se me antoja”,a lo que me negué constantemente por no perder la escueta sombra que me proporcionaba una columna y que impedía que los rayos del sol impactaran directamente en mi rostro, sin mencionar el drama que significó para el funcionario el momento en el que yo y otras personas nos dispusimos a sentarnos en el cordón de la vereda, vacía por cierto. Pero sin duda, la nota graciosa fue ver hacer un poco de ejercicio a los oficiales, que ya habiendo atravesado el umbral de la obesidad, estaban encargados de cerrar y abrir las rejas de la calle Ejido al comenzar y al finalizar la pasada de cada una de las comparsas, mientras las bailarinas de los conjuntos bañadas en sudor debido al fuerte calor del sábado a esa hora, sonreían al público que sólo podían ver a través de los barrotes amarillos y no paraban de bailar. Desde ese punto en adelante, la calle desierta. Para el otro lado las sillas de la intendencia que esta vez eran gratis, mientras alguna señora indignada discutía con la seguridad porque había pagado su asiento la semana anterior pero esta vez no podía ingresar siquiera a ver.
El resultado del sábado fue sin duda una goleada en contra del espectáculo y la fiesta de las llamadas. Un claro ejemplo de un exceso de seguridad injustificado que termina por entorpecer el evento, intentando redimirse de esta forma de los errores cometido anteriormente. Probablemente nade les haya avisado tanto a la intendencia como al ministerio del interior, que lo que se hizo mal en un momento ya está hecho y no hay nada que se pueda hacer en el futuro para cambiarlo. Pues bien, la cantidad de efectivos policiales que faltaron unos días antes estaban esta vez, pero para controlar una cantidad de público decenas de veces inferior. Es un poco impensable que alguien quiera causar estragos a una semana de lo ocurrido, con la presencia policial que se esperaba y a esa hora en la que aun era día, a pesar de que los detenidos la semana anterior ya estuvieran nuevamente en la calle. Sin duda, el gran perjudicado fue por un lado el público que asistió a ovacionar a los conjuntos y que debió permanecer tras las rejas, apiñados de a cientos en cada esquina, mientras los verdaderos delincuentes están sueltos. Y por otro lado los conjuntos que debieron desfilar a plena luz del día, un tramo mucho más corto, y salvo por una parte en el que solamente algunos pudieron acceder a las sillas, despojados totalmente del calor, la cercanía y el cariño de su público.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario