viernes, febrero 17, 2006

Terapia de humor

Nunca fui una persona muy alegre. Quizá sea por eso que trato de aprovechar cada momento al que pueda robarle un poco de felicidad. Cada año y desde hace algunos, durante el mes de febrero tiendo a pensar que eso es posible.


Hasta hace unos cinco años, jamás había sido habitué del carnaval. Nunca iba al tablado y siempre quedaba afuera de las conversaciones relacionadas con el tema. Mucho antes de eso, apenas tengo unos vagos recuerdos de mi infancia, en los que aparece mi abuelo llevándome a algún corso o a ver alguna murga, no porque él fuera un apasionado de la celebración, si no simplemente para mostrarme que existía algo llamado carnaval pero que en realidad no valía demasiado la pena.
Los años pasaron y no volví a ver ni oír carnaval salvo por alguna cobertura del desfile inaugural o de las llamadas conducida por Humberto de Vargas, o por un programa en las madrugadas de una conocida radio de f.m.. No era que no me llamara la atención, simplemente no conocía gente con quien ir. Porque sin duda, ante la posibilidad del aburrimiento, siempre era conveniente estar acompañado.
En mi casa, a pesar de tener cuatro hermanos, no había uno que se interesara por el tema incluso, mi madre llegó a comentar en alguna ocasión que esas eran todas cosas de “maricones”.
Mi reencuentro con los tablados fue impulsado por algún amigo de esos que se van encontrando durante la vida o por una novia que entre otras cosas me hizo descubrir el encanto del carnaval. Al principio fue fascinación. Ese asombro propio de los niños pero, cosa rara, en un adulto. Luego ese sentimiento fue sucedido por la desazón y la angustia que provoca el darse cuanta de que eso que perdiste y que tanto buscaste por todos lados, estaba frente a tu nariz.
Sin duda la murga es el ganador de mi categoría, no solamente porque me gusta sino que además soy totalmente intransigente en cuanto a los parodistas y al espectáculo que brindan las comparsas en los tablados, aunque adoro los tambores.
Murgas y quizá algún humorista. Ese es el criterio de selección a la hora de asistir a un tablado u otro. Así fue el pasado domingo: festival de murga en el Tres Cruces. Una velada sencillamente espectacular, salvo por la reiteración sistemática de los lugares comunes en las letras de carnaval, que no lo son únicamente por que todas las murgas los toquen sino porque lo vienen haciendo desde que asisto al espectáculo y me imagino que desde mucho antes también. La nota el domingo la dio la murga Queso Magro, que fue la última de la noche al menos para mi. Una verdadera terapia de humor, no sólo por lo ocurrente y divertido del espectáculo, sino porque por unos minutos logró desconectarme del mundo y regalarme un poco de alegría. Una especie de catarsis. Quizá esté en un error, pero es el aspecto que más destaco de la murga: la capacidad de divertir. Y lo destaco por sobre la capacidad de hacer reflexionar o “no olvidar” y por sobre su carácter denunciante. Claro que sí y no importa que me digan que no es, o al menos no es la única finalidad de la murga. Me divierten, me hacen reír, me hacen feliz por unos minutos en un mundo que no se caracteriza por derrochar felicidad. Eso es más valioso que cualquier otra cosa.
Para mi, el domingo termino con una sonrisa dibujada en el rostro y suficiente energía para encarar toda una semana, que no es poca cosa. Tanto es así que los ecos de esa despedida que prometía volver a empezar, resuenan hasta hoy, casi una semana después.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querido, estoy tan desconectada de carnaval que me entero por vos de lo que está pasando. Parece que lo disfrutás mucho, ya podrías ir haciendo una lista de recomendados, ta? Un beso enorme.