La alegría va por barrios…
La alegría va por barrios. Probablemente haya pocas frases tan repetidas hasta el cansancio. Si la buscamos, seguro podremos encontrar alguna verdad derivada de la observación y el empirismo encerrada en esta frase, al igual que en la mayoría de los dichos populares. Pero más allá de su veracidad, como siempre ocurre, en este caso también hay una excepción que confirma la regla. El pasado viernes 3 de febrero estuvo la alegría de muchos barrios de Montevideo aglomerada en uno solo, o mejor dicho en dos. Alegría que fue imposible no ver en los rostros de los niños, de los Gramilleros, de las Mama Vieja o inclusive de las bailarinas que a pesar de tener que transitar una especie de vía crusi, que empezó en los tacos altos y terminó en los manotazos de los transeúntes, no perdieron en ningún momento la sonrisa y la emoción. Tanto es así, que los únicos rostros que hacían dudar durante un segundo de que todo el mundo se divertía, eran las muecas de dolor de alguno de los encargados de ponerle ritmo a la fiesta. Como dije, sólo se podía dudar un segundo hasta notar la emoción detrás de ese sufrimiento y la energía que le transmitían tanto al tambor como a todo el público presente. Por un lado la sangre en las lonjas, por otro la que seguro no faltó debido a los disturbios. “Los energúmenos de siempre”, por seguir en la línea de las frases repetidas hasta el cansancio. La diferencia con esta frase es que ya todos estamos realmente cansados de repetirla. Este año, esos energúmenos hicieron historia, no por la gravedad de los desmanes que a esta altura tanto da, sino por una suspensión historica de la fiesta para la que miles de personas se prepararon durante todo un año y en este caso, otra frase repetida, “por el amor al arte”. Pero no importa cuantos heridos haya, siempre y cuando se mantenga siempre presente esa “garra” de la que también tanto se ha hablado, que nos lleva a la violencia desde el deporte, pasando por la política hasta llegar a Isla de Flores. Mantengamos eso, que a esta altura se ha convertido en política de estado, porque “Los Uruguayos no nos vamos a dejar patotear” ni por los de afuera ni por nuestros hermanos. Las comparaciones siempre son odiosas, pero quizá sea hora de dejar de hablar de la violencia de treinta años atrás y empezar a hablar de la violencia del presente, ¿o acaso nos vamos a empezar a ocupar dentro de treinta años más? La historia se escribe todos los días y es tan historia lo del pasado viernes, o la de hace cien años, o un consejos de ministros en el interior que paradójicamente se realizó en una fortaleza.
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