Vender amor y felicidad es relativamente fácil. Estoy hablando de venderlos como un resultado, o un valor agregado a otros productos. No se trata de que sean objetos más o menos deseados, que se puedan encontrar en todos los supermercados o comercios del ramo, o que puedas ir a la farmacia o al dealer de turno y pedirle un 25 de amor y felicidad (aunque algunos piensen que es así como funciona). Me refiero al concepto de amor eterno o de felicidad sin esfuerzos a los que muchas marcas emparentan sus productos. Y por qué digo que es fácil de vender. Porque para hacerlo no se necesita más que un discurso convincente. No hay que demostrar el funcionamiento de nada, no hay que decir que mi producto es mejor que el resto porque se supone que el amor y la felicidad son uno y no tienen competencia. Y lo más importante, no hay que prometer resultados porque en mayor o menor medida, todos saben cómo sería vivir una vida llena de amor y felicidad, o al menos creen saberlo.
Lo cierto es que el amor y la felicidad son como una religión. No importa cual, cristianismo, judaísmo, cienciología o la iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días (esta última me costó). Todas plantean creer en algo que no se ve, no se siente y no se sabe si algún día se verá o sentirá. Se trata de una cuestión de fe. Es algo en lo que algunos creen y otros no. Sería muy fácil poder ver o poner los dedos en la herida para empezar a creer pero, al igual que en la religión, en las cuestiones del amor simplemente hay que creer, y eso significa creer que algún día veremos de qué se trata, aunque nunca sea así (o aunque siempre haya estado sin que nos demos cuenta), pero en última instancia eso no es lo importante. Lo que importa es simplemente la creencia, la creencia de que existe, que es auto-sustentable porque la duda de que pueda no existir, es justamente la que alimenta la posibilidad de que exista, tanto así que en el momento en que se transforme en realidad, en certeza, dejaría de existir. Por eso, quienes creen en el amor y la felicidad son el sueño de todo fabricante de X que vende estos conceptos asociados a sus productos porque sabe que nunca tendrá que cumplir su promesa. Es que existe una suerte de convención entre los creyentes de estas cuestiones y es que, a pesar de saber que nunca alcanzarán lo que persiguen, no van a escatimar esfuerzos en hacerlo, porque creer que existe una meta a alcanzar, es la única forma de motivarse a seguir en la carrera.
Lo cierto es que el amor y la felicidad son como una religión. No importa cual, cristianismo, judaísmo, cienciología o la iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días (esta última me costó). Todas plantean creer en algo que no se ve, no se siente y no se sabe si algún día se verá o sentirá. Se trata de una cuestión de fe. Es algo en lo que algunos creen y otros no. Sería muy fácil poder ver o poner los dedos en la herida para empezar a creer pero, al igual que en la religión, en las cuestiones del amor simplemente hay que creer, y eso significa creer que algún día veremos de qué se trata, aunque nunca sea así (o aunque siempre haya estado sin que nos demos cuenta), pero en última instancia eso no es lo importante. Lo que importa es simplemente la creencia, la creencia de que existe, que es auto-sustentable porque la duda de que pueda no existir, es justamente la que alimenta la posibilidad de que exista, tanto así que en el momento en que se transforme en realidad, en certeza, dejaría de existir. Por eso, quienes creen en el amor y la felicidad son el sueño de todo fabricante de X que vende estos conceptos asociados a sus productos porque sabe que nunca tendrá que cumplir su promesa. Es que existe una suerte de convención entre los creyentes de estas cuestiones y es que, a pesar de saber que nunca alcanzarán lo que persiguen, no van a escatimar esfuerzos en hacerlo, porque creer que existe una meta a alcanzar, es la única forma de motivarse a seguir en la carrera.
1 comentario:
Dios es amor! no estoy de acuerdo con que el amor y la felicidad no se ven que es solo la fe lo que venden esto. La fe es el vehiculo o el incentivo, pero ambos existen, y se ven, por lo menos en mi reino...
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